Para abrir boca

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01 junio 2009

El azul es tu color

Los sondeos electorales publicados estos días coinciden —además de en el, seguramente interesado, enfoque polarizador PSOE-PP— en apuntar dos datos nada inesperados en la actual coyuntura política y social. En primer lugar, una elevada abstención, fruto de la distancia con que se contempla la Unión Europea, todavía adoleciente de un déficit democrático que la convierte en presa fácil de los tejemanejes de los gobiernos y la aleja de la opinión pública. En segundo lugar, los sondeos pronostican una victoria del PP. En este caso lo que sorprende es el margen tan escaso de ventaja. Este es el panorama general y es lo que los partidos del fáctico frente nacional (español, por supuesto) están interesados en transmitir, intentando generalizar la impresión de que todo se ventila a dos. Sea cual sea el resultado (esta semana ambos intentarán movilizar un voto negativo y resignado, azuzando el miedo a que gane el otro), es un ejemplo más de la versión posmoderna del canovismo que poco a poco van implantando: turnarse en el poder en Madrid y compartirlo en las comunidades autónomas, especialmente allí donde una parte significativa de la opinión pública puede llegar a pensar —cuánta maldad— que estarían mejor con otro marco jurídico y vital.

En la pelea en que están enfrascados los dos titanes de la españolidad, el argumentario del PP entra completamente en lo esperable: crisis, crisis y más crisis. En parte porque lo tienen a huevo. En parte para intentar hacer olvidar sus propias vergüenzas, notablemente aireadas en los últimos tiempos (tiene su gracia que las lleven al aire por pretender taparlas con trajes de diseño). Por cierto, se empeñan en contraponer la creación de empleo del período Aznar (a la cabeza de Europa, dicen) con la destrucción de la era Zapatero (igualmente a la cabeza de Europa, dicen), pasando por alto que son dos caras de la misma moneda: aquel empleo (y el que se ha seguido creando hasta 2008) era de tan mala calidad que se ha esfumado en un santiamén, dejando como única herencia una secuela de vidas rotas y problemas sociales.

La palma se la lleva en esto de la propaganda electoral el PSOE (un detalle: ¿se han fijado que la papeleta del PP es infinitamente más bilingüe que la del PSN? Es lo que tiene dividir por cero. ¿Se habrá sorprendido alguien?). Visualmente, la campaña del PSOE se basa en contraponer el rojo y el azul. Aparentemente, el azul corresponde al PP. Tiene cierta lógica, porque es su color (no ha dejado nunca de serlo). El estupor llega cuando se leen los mensajes: en rojo energías limpias y en azul contaminación; en rojo luchar contra el cambio climático y en azul negar el cambio climático; en rojo trabajadores y en azul especuladores; en rojo vencer la crisis y en azul aprovecharse de la crisis; en rojo mañana y en azul ayer; en rojo protección social y en azul despido fácil; en rojo servicios públicos y en azul negocios privados; en rojo trabajar por la paz y en azul sembrar el miedo. Sin embargo, un observador externo que manejara información fidedigna sobre el devenir de los últimos años, tendría pocas dudas en adjudicar el azul precisamente al PSOE. Y es que la campaña pasa de puntillas por el hecho clamoroso de que el PSOE lleva gobernando cinco años (ya lo vimos en el último debate en el Congreso: el discurso de Zapatero parecía el de alguien que acaba de llegar al Gobierno; confróntese con el programa electoral socialista de 2004).

Un somero repaso puede ser suficiente: la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero sólo ha sido posible por la crisis económica, es decir, se actúa como si no existiera el cambio climático (otra manera de negarlo). La economía del ladrillo ha sido fomentada por el Gobierno hasta el momento mismo de su desmoronamiento. El lema de «más ordenadores y menos ladrillo» se compadece mal con la evolución del gasto en I+D, en el que, además, sigue incluyéndose el gasto militar (en ocasiones en proyectos que ni siquiera se desarrollan en España; ¿es eso trabajar por la paz?). ¿No es despido fácil la manera en que se han esfumado cientos de miles de empleos? Zapatero bate récords por la rapidez con que ha pasado de ser un recién llegado a representar lo caduco (cierto es que si él representa el ayer, Mayor Oreja nos sumerge en la prehistoria).

La misma incongruencia se observa cuando, quizá aplicando el manido principio de que «la mejor defensa es un buen ataque», se elabora un discurso culpando de la crisis al neoliberalismo, lo que significa, según ellos, que el responsable es el PP. Y nuevamente surge la pregunta: ¿quién ha gobernado los últimos cinco años? Es tan pobre, tan elemental y tan capcioso el discurso que lleva a pensar que los avances en materias como la regulación del matrimonio o del aborto no obedecen a una intención real de progresar, sino de agitar el alma ultramontana del PP y mantener el voto movilizado con el señuelo del miedo a la ultraderecha (otro detalle más: ¿es casualidad o es puro oportunismo y corrección política que en la campaña, al insinuarse el tema de la homosexualidad, sólo se aluda a varones y se siga manteniendo a las lesbianas en el limbo de la invisibilidad?).

Claro que cuando ese argumentario es utilizado por conspicuos representantes del PSN, con su secretario general a la cabeza, la cosa se tiñe de sainete. ¿Cómo se compadece el apoyo a la construcción con el eslogan de Zapatero de menos ladrillo? ¿Será porque en España, a diferencia de Navarra, hay una «sobreoferta de demanda» (sic) de vivienda? ¿Cómo calificar el apoyo entusiasta a unas medidas que pretenden frenar la caída del precio de la vivienda? ¿De dónde van a salir los ordenadores cuando se apoya la congelación del presupuesto educativo y el recorte del de la Universidad Pública? Se predica igualdad (rojo) frente a discriminación (azul), pero ¿no están las mujeres navarras discriminadas en sus posibilidades reales de ejercitar el derecho al aborto? ¿Quién lo consiente? Se predica servicios públicos (rojo) frente a negocios privados (azul), cuando el PSN está bendiciendo una gigantesca operación de externalización, privatización y deterioro de servicios públicos esenciales. Si el PSOE hace girar su campaña electoral sin pudor y con desenfado en torno al embuste, al PSN se le podría recitar aquel lema publicitario: «el azul es tu color».

Hay otras listas, hay otras posibilidades, la diversidad y la pluralidad son mucho mayores de lo que interesadamente se traslada desde el PSOE, el PP y muchos medios de comunicación tan jacobinos como ellos. Y, desde luego, el rojo de la campaña socialista, y su contenido, no están en el PSOE.

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08 febrero 2008

Rajoy, su contrato y los inmigrantes (España cañete)

Pocas campañas electorales se presentan tan interesantes como la actual. Los sondeos no dan resultados claros, los gurús de cabecera de Rajoy y Zapatero andan desconcertados, en el PP Aznar da una vuelta de tuerca y deja claro —por si quedaban dudas— por qué ungió a Mariano con su libérrimo dedo. Por el gesto desabrido y el aire de estar permanentemente sometidos a cuaresmales abstinencias, diríase —permítame Gallardón la licencia— que todos son Esperanza.

Zapatero, por su parte, oscila entre el optimismo inveterado —propio de seminaristas iluminados— de José Blanco, que le promete mayorías absolutas, el pragmatismo inmoral de Rubalcaba, que maneja tiempos, detenciones e ilegalizaciones con la misma desenvoltura que si hiciera la lista de la compra, los lúgubres empates anunciados por los más realistas o la tentación canovista con que intenta seducirle el sector más ultra del partido, encabezado por un Bono incapaz de disimular las ansias de desquite.

Y todo como si no hubiera más alternativa y las cosas se dilucidaran exclusivamente entre tan impresentables contendientes. Ni conmigo ni sin mi —parecen decir al elector— tienen tus males remedio, pero opta por quien te va a causar el menor de los daños. Afortunadamente, hay otros mundos que no son el del PP-PSOE (UPN-PSN), otras visiones de la vida y otras formas de hacer política.

En este contexto, ambos líderes —ambos capitidisminuidos— se afanan en una carrera histérica por sobornar a la ciudadanía con añagazas diversas, algunas apelando a lo más oscuro del alma humana. Es lo que ocurre con el «contrato de integración» de Rajoy. Contrato que sólo se compadece con adjetivos como ridículo o patético. No vayamos a pensar que la política del PSOE ha sido mucho mejor. Como en casi todo, se ha quedado a medio camino y después de una regularización tan necesaria como mal explicada, ha dado rienda suelta a corrientes xenófobas más dignas de atención por razones de pedagogía política que de captura de votos.

Por supuesto, el pretendido contrato es inconstitucional de punta a rabo, aunque en los tiempos que corren es algo —lo de los derechos fundamentales— que parece preocupar poco tanto al PP como al PSOE. Pero fijémonos en algunos detalles. Prescribe compromisos como cumplir las leyes o aprender la lengua. El primero es ridículo porque es exigible a todo el mundo. El segundo, porque si quieren desenvolverse adecuadamente no les quedará más remedio. Queda la duda de a qué lengua se refiere Rajoy o si hablar catalán en la intimidad supone incumplimiento contractual.

Otros son ofensivos, como pagar impuestos (se supone que directos, porque los indirectos los pagan, como —casi— todo hijo de vecino). Seguramente —y esta aseveración debería ser un aldabonazo en la conciencia de próceres tan sesudos como Rajoy o Arias Cañete— el de los inmigrantes es el único colectivo interesado en pagar impuestos, entre otras razones porque eso significa que están en una situación regular y hasta estable. Cuando no los pagan suele ser porque no pueden, demasiado a menudo por estar en las garras explotadoras y chantajistas de empresarios (autóctonos) sin escrúpulos.

Comentario singular merece el compromiso de respetar las costumbres de los españoles. ¿Las buenas o las malas? ¿Las tópicas o las sensatas? ¿Las de la España eterna o las de los que quieren romper España? ¿Terminarán los inmigrantes obligados a ir a los toros con peineta y mantilla (española, of course)? No dejaría de tener gracia, habida cuenta de que el PP también se plantea restringir el uso del velo. ¿Extenderán la medida a las monjas católicas o a las majas madrileñas? ¿Cómo se establecerá el criterio delimitador de lo lícito y lo ilícito? ¿Metros cuadrados de tela, superficie del rostro visible (oculta), distancia hasta el suelo? Arduo dilema de consecuencias imprevisibles… Seguramente con esto de los toros, la mantilla y el exigible atracón de «canción española» (igual así venden algo; que pongan a Ramoncín en el catálogo), estará relacionado el requisito de trabajar activamente para integrarse en la sociedad. O quizá ello pasa por afiliarse a algún club parroquial, hartarse de morcilla y trabajar con ahínco viernes, sábados y, ya que son inmigrantes y vienen a lo que vienen, domingos también.

Pero Rajoy es magnánimo y, a cambio del cumplimiento de tan nimias y razonables exigencias, les promete algo: nada menos que «los mismos derechos y prestaciones que a un español». Es decir, mientras no cumplan los requisitos contractuales estipulados por don Mariano —que por eso mismo no van a ser un dechado de tolerancia— están condenados a un appartheid de hecho que los convierte en ciudadanos de segunda o de tercera mientras Rajoy no decida lo contrario. Su problema, y el de Aznar, es que quieren imitar a caudillos protofascistas como Berlusconi o Sarkozy pero les falta mucho glamour para ello. Por no hablar de las referencias de algunos miembros del PP a la higiene. Son como nuevos ricos, que acaban de descubrir las excelencias del agua corriente, aunque todavía no saben a ciencia cierta para qué sirve el bidé… Ahí quedan también las declaraciones de Arias Cañete sobre los camareros «españoles». Está claro que la situación ideal, de los «españoles» y de los inmigrantes, para los capitostes del PP, es la sumisión y la servidumbre.

Rajoy promete a los que cumplan sus condiciones «ayudarles en su integración y respetar sus creencias y costumbres, siempre que no sean contrarias a las españolas». Esto es, que vayan espabilando porque si no son de misa dominical y sábado sabadete (esto los más afortunados) se arriesgan a una ominosa deportación, quizá —siguiendo el ejemplo de Mayor Oreja— debidamente «colocados».

Al final, estas propuestas denotan no ya el omnipresente miedo de la derecha a lo extraño sino, lo que es mucho peor, el afán de explotar electoralmente los más bajos instintos de la población. Sería muy triste que el electorado fuera efectivamente sensible a argumentos como los expuestos.

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