Barcina, ya saben, la señora del gris, de la especulación, de los grandes negocios de empresas privadas (privatización de beneficios, socialización de pérdidas), de la depauperación del pequeño comercio en favor de las grandes superficies, del autoritarismo, de la incapacidad para el diálogo y la agresión permanente y enfermiza (por lo obsesiva) al euskera, ha dado una muestra más de su talante. Esta vez ha sido con la decoración navideña. Para empezar, es discutible que tal cosa se siga haciendo en los tiempos que corren, y no por motivos estéticos o religiosos —que darían para otro debate— sino éticos y ambientales. Es difícilmente comprensible que el Ayuntamiento de Pamplona se una al apagón promovido por ONGs contra el cambio climático y, al mismo tiempo, inunde las calles de luces navideñas, por más que sean de bajo consumo y sólo corra parcialmente con los gastos. Pero hace tiempo que Barcina se dedica, no a gobernar la ciudad, sino a hacer gestos para la galería, poniendo hoy una vela a un santo y mañana a otro, si de quedar bien se trata y siempre que haya cemento de por medio.
Pues bien, ni siquiera el mito navideño de la paz, la armonía y los buenos deseos son capaces de doblegar a la inflexible y férrea Barcina que da buena cuenta de su carácter con esos sucedáneos de árboles que, a un coste exorbitante, ha instalado en Carlos III. Lucen enhiestos con regueros longitudinales de bombillas que de noche remarcan aún más su fálica apostura. El fraude continúa en los oropeles que revisten la arborescencia. Aquí y allá se desparraman simulacros de regalos en dorado envoltorio, lazos, bolas, en suma, la parafernalia navideña al uso.
Pero la sorpresa surge en los bajos del artefacto (que suele ser, sobre todo en el caso de la gente menuda, lo primero que se ve). Si uno se quiere acercar a apreciar el primor de la obra, se tropieza con una reja de pretencioso diseño, muro metálico que aleja el objeto del espectador, enfría los ánimos y ofende la sensibilidad. La omnisciente y ubicua Barcina deja bien claro lo mucho que podría ofrecer, si no fuera porque la ignorancia y el afán depredador de una ciudadanía poco propensa a entender y apreciar sus desvelos le obligan a mantenerlo fuera de su alcance. Como a un niño al que se muestra un pastel que no va a probar porque se lo comerán los adultos cuando él no esté presente. Despotismo de sedicente ilustración, pasado por el tamiz del aldeanismo casposo (pensamiento navarro, ya saben).
Y puestos a hablar de decoración navideña, hay que rendir público homenaje a la de las plazas circulares del Segundo Ensanche (Príncipe de Viana y Merindades). Para quien no la haya visto, consiste en unos postes visualmente agresivos que sostienen unas cuerdas de las que cuelgan lo que se supone que son luces, pero que asemejan —especialmente de día— andrajos puestos a secar al frío y escuálido sol invernal de Pamplona. Aunque, a decir verdad, lo más impresionante son las bolas de Barcina, exhibidas con tanta arrogancia como impudicia sobre felpudos de césped (algunas están colocadas con tanto acierto que diríanse partes (sensibles) cruelmente desgajadas de alguna escultura de Botero), quizá sólo con afán de combinar los colores municipales y forales; quizá, quién sabe, con añoranza del blanco que termine por dar cuerpo y solvencia al rojo y al verde...
Una cosa es cierta, Barcina es partidaria de la variedad y sorprende, además, la perspicacia con que se eligen los motivos. Quizá haya algo de revelación de pulsiones inconscientes en la selección. Y es que en la orgía de simulacros todavía queda uno que constituye una eficaz metáfora de Barcina, tal vez la mejor: se trata de las cajas desparramadas por la plaza del Castillo. Cajas grandes, rotundas, de apariencia impecable, con lazos rígidos, perfectamente simétricos, sin la menor arruga o desviación. Aquí no hay margen para la espontaneidad o la improvisación; nada hay fuera de lugar, se percibe un todo impasible y decididamente dispuesto a soportar cualesquiera embates, sean de la inclemente meteorología, sean de la natural curiosidad ciudadana, sean, incluso, de la juventud alegre y combativa. Pero bajo la brillante envoltura, el vacío, nada. Y de tal gobernante tal obra. Así es también la Pamplona de Barcina (y ahora, fruto de la ambición desmedida y de la falta de sentido de la oportunidad, de Torrens), Barcinópolis. Afortunadamente hay otras Pamplonas, diversas, ricas, plurales y coloristas, que sabrán emerger incluso de la vulgaridad oprobiosa de los adornos navideños.
06 diciembre 2007
Decoración navideña en Barcinópolis
Publicado por
Juan
a las
13:36
1 comentarios
Etiquetas: Barcina, decoración navideña, gris, Pamplona
15 febrero 2007
Gris Barcina
Cuando el régimen franquista lanzó a principios de los sesenta la campaña de los 25 años de paz (la de los cementerios, el atraso, el hambre y la mediocridad), la República era el punto de referencia obsesivo. Se trataba de mostrar que se habían superado sus niveles en todos los aspectos de la vida social y económica. España fabricaba más tractores, más camiones, más de todo que la República (significativamente contraponían España a República) . Con tanto boato propagandístico el régimen reconocía, aunque le pesara, que se habían hecho tan mal las cosas que fue necesario un cuarto de siglo para llegar a los niveles de 1936.
Al equipo municipal de UPN en el Ayuntamiento de Pamplona (quizá habría que decir Yolanda et alii, dada la aireada capacidad de la futura —y esperemos que próxima— ex alcaldesa para crear equipos y trabajar con ellos) parece traicionarle el subconsciente ahora que se aproximan las elecciones. Y al tiempo que pone la ciudad patas arriba, levantando cuantas calles haga falta para demostrar fehacientemente que son suyas (el subconsciente traidor una y otra vez), se lanza a airear logros que, huérfanos de datos para comparar, pueden aparecer espectaculares, pero que se revelan magros, insulsos e insuficientes a nada que se escarbe.
Así, se exhiben los miles de metros cuadrados de zonas peatonales que se han creado, las plazas de aparcamiento construidas o las zonas verdes habilitadas. Y aún admitiendo que los pocos datos disponibles sean correctos y correspondan a la iniciativa del régimen barciniano (hay mucha desmemoria en lo de atribuirse méritos ajenos y despojarse de deméritos propios), en ninguna de las facetas se puede decir que la Administración municipal haya sido pionera o adelantada. En la mayoría de los casos, incluso, ha ido con considerable retraso y a remolque de las circunstancias. Compárese si no la situación de Pamplona, cuya tímida peatonalización no ha hecho más que bosquejarse, con la de ciudades similares en tamaño, algunas muy próximas. Sin hablar de los motivos, que en Pamplona parecen tener que ver no tanto con planes y políticas, como con deshacer entuertos causados por otros, socializar pérdidas (el extraño concepto de fraternidad de la derecha) o generar beneficios, éstos sí, privados.
Quizá el barcinato ha servido para renovar el césped en alguna glorieta o jardincillo, pero el bagaje que pueden exhibir en materia de zonas verdes después de ocho años es más bien escaso. Por contra, destaca sobremanera el afán por meter las excavadoras en lugares hasta ahora vírgenes, como los meandros del Arga o Santa Lucía. Ha habido, es cierto, una actividad frenética de construcción de plazas de aparcamiento, sin ninguna planificación ni estudios sobre sus efectos en la congestión del tráfico y la contaminación ambiental y acústica, e incluso contra el parecer de la Mancomunidad, porque dificulta la mejora del transporte público. Se han llegado a negociar adjudicaciones directas al quedar desiertos los concursos, con una opacidad completa sobre las condiciones. Corresponde también a Barcina el mérito de haber perpetrado el mayor expolio del patrimonio histórico y cultural de la ciudad y de Navarra, para realizar una obra ilegal que va a costar a las arcas de la ciudad varios millones de euros. O haber cedido a precio de saldo un solar en el centro de la ciudad y dos calles para construir una barraca de obra de dudoso gusto.
El transporte público no sólo se deteriora por el aumento de la congestión derivada de la facilidad de aparcamiento, sino porque la existencia de amplias zonas y franjas horarias desatendidas obliga a muchos usuarios potenciales a recurrir al transporte privado. Una medida que objetivamente era necesaria, como es la ampliación de las licencias de taxi, parece que ha respondido más a la obtención de ingresos para financiar el plan de transporte comarcal que a una auténtica voluntad de planificación. Se podrá objetar que la competencia en la materia no es del Ayuntamiento, y es bien cierto; pero éste es un agente fundamental en el diseño de las política de transporte público comarcal y la propia Mancomunidad está en manos de la misma coalición que gobierna el Ayuntamiento de Pamplona.
En el debe de ese régimen de Barcina, tan agudamente descrito como regencia, están también las escuelas infantiles. Al número claramente insuficiente de plazas (que castiga sobre todo, guste o no reconocerlo, a la mujer), se añade el deterioro de la calidad derivado de la
persistencia en la externalización del servicio, algo que también padecen (hay ejemplos clamorosos) las personas mayores.
En lo que afecta a la mujer, se ha renunciado a desarrollar una política de igualdad tan necesaria cuando siguen plenamente vigentes problemas como los malos tratos, la discriminación salarial o la distribución sexista de roles en el hogar y en otros ámbitos. Incluso la alcaldesa eliminó la Concejalía de la Mujer para adscribir sus competencias a servicios sociales: un guiño de otros tiempos, cuando se equiparaban mujeres, menores e incapaces. Y mientras se reducen las ayudas a acciones para promover la igualdad, como si ya no fueran necesarias, no hay actuaciones municipales dirigidas a ese fin.
Podrá recurrir la alcaldesa al manido truco de concentrar las actuaciones unos meses antes de las elecciones, algo que nunca se había hecho con tanto descaro. Podrá igualmente organizar festejos inusitados para inaugurar lo que debería estar hace tiempo hecho, aun haciendo el ridículo: ascensores que se estropean nada más estrenarlos, primeras piedras de edificios ya bien asentados, carril bici donde no es necesario y a costa de la tala de árboles. Podrá, en fin, llenar la ciudad de plaquitas a mayor gloria suya y de los suyos. Hasta Ramsés II se dedicó a inventarse victorias y atribuirse méritos ajenos. O el mismo Franco, pertinaz inaugurador de pantanos diseñados por otros. Pero la principal herencia de Barcina es, sin duda, ese gris que lo invade todo y se cuela por los menores resquicios como un cáncer. El gris es matiz, cierto, pero es también el Nodo, la mediocridad, la ausencia de proyectos.
En la ciudad del verde Pamplona, que no es sino azul descolorido, el gran legado de la futura —y esperemos que próxima— ex alcaldesa es el gris Barcina.
(Diario de Noticias, 15 de febrero de 2007)
