Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
ALLENDE
Para matar al hombre de la paz
para golpear su frente limpia de pesadillas
tuvieron que convertirse en pesadilla
para vencer al hombre de la paz
tuvieron que congregar todos los odios
y además los aviones y los tanques
para batir al hombre de la paz
tuvieron que bombardearlo hacerlo llama
porque el hombre de la paz era una fortaleza
para matar al hombre de la paz
tuvieron que desatar la guerra turbia
para vencer al hombre de la paz
y acallar su voz modesta y taladrante
tuvieron que empujar el terror hasta el abismo
y matar mas para seguir matando
para batir al hombre de la paz
tuvieron que asesinarlo muchas veces
porque el hombre de la paz era una fortaleza
para matar al hombre de la paz
tuvieron que imaginar que era una tropa
una armada, una hueste, una brigada
tuvieron que creer que era otro ejercito
pero el hombre de la paz era tan solo un pueblo
y tenia en sus manos un fusil y un mandato
y eran necesarios mas tanques mas rencores
mas bombas mas aviones mas oprobios
porque el hombre de la paz era una fortaleza
para matar al hombre de la paz
para golpear su frente limpia de pesadillas
tuvieron que convertirse en pesadilla
para vencer al hombre de la paz
tuvieron que afiliarse siempre a la muerte
matar y matar mas para seguir matando
y condenarse a la blindada soledad
para matar al hombre que era un pueblo
tuvieron que quedarse sin el pueblo.
Mario Benedetti
26 junio 2008
Salvador Allende In Memoriam (26 de junio de 1908, 11 de septiembre de 1973)
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21 junio 2008
Regional-socialismo: keynesianismo de alpargata y regresividad fiscal
La coalición UPN-PSN (con CDN ya no cuentan ni para la galería) tuvo su epifanía hace unas semanas con el anuncio de Navarra 2012, que no es una exposición, ni un aniversario (aunque por esas fechas, si el electorado no lo remedia, Sanz-Lerín y sus eventuales secuaces-sucesores celebrarán —seguro que con todo boato y profusión de recursos públicos— un ominoso centenario). Tampoco es un anuncio de olimpiadas, campeonatos variados o cualesquiera otras formas al uso de prodigarse con cargo a los presupuestos, comprar voluntades, ganar amigos y alimentar a los preexistentes. Nada de eso. El plan Navarra 2012 es una amalgama de obras ya previstas, algunas incluso iniciadas y otras que creíamos desechadas, como el museo de los Sanfermines, sorpresivamente recuperado, quizá por su fuerte efecto dinamizador sobre la economía navarra. Ya puestos, ¿por qué no incluir también el puente de Tudela, la casa consistorial de Pamplona, la ciudadela o el acueducto de Noain? Nadie se iba a dar cuenta.
La segunda entrega de la coyunda regional-socialista es la reforma fiscal. En este caso se da una situación curiosa. Quienes ideológicamente comulgan con los principios de la reforma, esto es, la derecha conservadora (y liberal, pero eso no existe en Navarra), no se atrevían con ella por miedo a la insuficiencia presupuestaria que se puede generar. Y quienes deberían rechazar una medida así, la imponen con chulería porque, no en vano, fue una promesa desesperada de quien se ha demostrado maestro en el manejo de sondeos, a pesar de que no le sirvió para ganar por los pelos unas elecciones en las que se alimentó de los miedos sembrados por el PP.
Decía Elena Torres al presentar el acuerdo que es una medida «realizable, progresiva y progresista». Es realizable, porque se va a hacer. Es progresiva sólo si se interpreta la medida sin ir más allá de su estricta formulación técnica. Si avanzamos en sus implicaciones, es claramente regresiva. Y, en consecuencia, es cualquier cosa menos progresista. El papel, las grabadoras, lo aguantan todo… En esa línea demagógica, dice también Torres que la medida se va a llevar a cabo «sin restar un euro» a las políticas sociales. Eso está por ver. A no ser que, siguiendo la estela del Navarra 2012, nos termine vendiendo como política social atender obligaciones ya contraídas, como los sueldos de los funcionarios o la factura de la luz de sus instalaciones.
Al parecer, la medida «inyecta liquidez, favorece el consumo, da mayor capacidad a las familias y ayuda mucho a los mileuristas». Ahí es nada. No entiendo por qué no se ha hecho mucho antes. A base de repartir cuatrocientos euros de vez en cuando, tendríamos ya el paraíso en la Tierra…
Para empezar, aunque los efectos teóricos agregados de una reducción de impuestos sean similares a los de una expansión del gasto, en la práctica no ocurre así, porque sus efectos sociales, especialmente en lo que se refiere a la redistribución de la renta, pueden ser notoriamente distintos. Tampoco hay que olvidar que la reducción de la actividad económica y, en su caso, de los ingresos de las familias, tiene traducción inmediata en los impuestos a pagar. Por tanto, una reducción adicional implica menor capacidad del sector público para atender una situación de crisis. Cualquier respuesta progresista a la situación actual debe plantearse desde el lado del gasto y con objetivos redistribuidores. Recuérdese la gestión que un gobierno socialista hizo de la recesión de principios de los noventa, que culminó con un recorte brutal del sistema de prestaciones sociales. Llevamos el mismo camino.
En cuanto a la efectividad de la medida, todos los técnicos, de todas las orientaciones políticas, coinciden en señalar que va a ser escasa. El propio Banco de España, junto a las consabidas y cansinas (lleva treinta años diciendo lo mismo) reclamaciones de mayor flexibilidad laboral, critica las reducciones de impuestos por entender que no queda margen para ello y aconseja dejar actuar los estabilizadores automáticos. La inyección de liquidez va a ser insignificante; dado el elevado endeudamiento de las familias, es dudoso que favorezca el consumo y muy probablemente —a la vista de las expectativas sobre tipos de interés— la mayor parte se destinará al ahorro (aunque sea a esa forma salvaje de ahorro forzoso que son las hipotecas). En cuanto a si da capacidad a las familias o ayuda «mucho» a los mileuristas, me temo que los efectos colaterales no van a ir en esa dirección: ¿es una ayuda para las familias tener que recurrir al sector sanitario privado de forma creciente para superar las deficiencias de un sistema público que no va a hacer sino empeorar con medidas como la acordada? ¿cómo se ayuda a los mileuristas, con limosnas o con prestaciones sociales? A cambio, se comen una parte sustancial del superávit acumulado, que pasa de colchón a incómoda estera.
Una rebaja fiscal sería aceptable, incluso sería progresista, si se dieran algunas condiciones: que la presión fiscal fuera insoportable; o que la provisión de servicios públicos fuera excesiva, estuvieran mal seleccionados (por ejemplo, un gasto militar desmesurado) o supusieran un manifiesto derroche. ¿Se puede argumentar eso en Navarra? No es lo que dicen los indicadores. Por ejemplo, Navarra cuenta con 3,85 camas hospitalarias por cada 1.000 habitantes. La media de la UE-25 es de 5,81. La OMS, por su parte, estima que el óptimo está entre 8 y 10. Lo mismo pasa prácticamente con cualquier indicador social. El panorama es de deterioro sostenido en los últimos años, especialmente percibido en la sanidad y la educación; la formación profesional presenta muchas deficiencias; la productividad evoluciona negativamente; el desempeño tecnológico es, según la UE, mediocre; los niveles de pobreza relativa son preocupantes; el modelo económico está agotado y no hay capacidad ni entusiasmo por proponer alternativas; y todo ello en un contexto de crisis, de cambios todavía difíciles de percibir en su magnitud pero que se adivinan estructuralmente intensos.
Así las cosas, ¿qué interesa más a la sociedad navarra? ¿Diseñar un sistema económico y social acorde con los tiempos y a la altura de lo que demanda una sociedad avanzada, o hacer seguidismo con tufillo colonial de las promesas electorales a la desesperada de un iluminado?
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Etiquetas: 400 euros, Navarra, política fiscal, regional-socialismo
09 junio 2008
Plan Navarra 2012: propuestas de mejora
Siempre dispuestos UPN y PSN (UPSN por mejor decir, ahora que la coyunda es plena y celebrada), con paternal amor, a derramar sus bendiciones sobre todos los pueblos de Navarra, dieron en aprobar el denominado Plan Navarra 2012 compuesto, en lo esencial, por obras ya previstas, alguna de ellas en marcha.
Con el mismo afán de novedad, queremos ayudar sugiriendo algunas obras más que contribuirán grandemente a completar el plan, así como al progreso económico y social de Navarra. Obras que —sigamos el consejo de anteriores regidores capitalinos— conviene «ejecutarse por administración, bajo la dirección y dictamen de los facultativos que se destinasen para el efecto, sin fiar la gravedad y delicadeza de sus obras a las contingencias y falibles resultas, litigios y discordias, que producen, según enseña la experiencia, las públicas subastaciones, en que por lo regular suele tener más lugar la emulación y empeño de los licitadores, que el justo miramiento a los propios intereses y los del común, con gravísimo perjuicio del proyecto y de las ventajas que desea el Público, sin que basten a precaverlos las fianzas con que parece se aseguran, pues se frustran todas las precauciones, o por las inteligencias que no se traslucen, o por los encontrados afectos y opiniones, o falta de pericia en los que intervienen en los reconocimientos de las obras que se hicieron a pública subasta, o por otras causas que no se descubren, pero abundan los ejemplares sin salir del Reino de Navarra» (diríase que en doscientos años no hemos avanzado nada...).
Las obras que proponemos (obsérvese que la segunda ha de ser muy del agrado de Sanz-Lerín para mejor tener sujetos a los naturales) son:
Primera. Que los jurados de la muy noble ciudat de Pamplona ayant aber á perpetuo una casa, é una jurería, et ayan á facer la dicha casa de jurería en el fosado que es ante la torr clamada la Galea enta la part de la Navarreria, dejando entre la dicha torr, et la dicha casa, camino suficiente para pasar.
Segunda. Que se vea y reconozca la Fortaleza de la ciudad de Pamplona y habiéndola reconocido y considerado bien, se trace y ordene lo que se oviere de hacer, así en la fortificación de la Ciudadela como en la de la Ciudad; y así mismo las casamatas que será necesario hacer y en qué partes y de qué forma, grandor y suerte.
Tercera. Introducir en la ciudad de Pamplona la agua necesaria para la limpieza de calles y dar salida a las aguas maiores desde las casas, sin arrojarlas, como se hace, a las calles.
Cuarta. Conducción de fuentes de agua dulce a dentro de los muros de la Ciudad de Pamplona, incluyendo la construcción de un puente aqüeducto de 65 pies de elevación desde la superficie de la tierra hasta el asiento de la cañeria, de longitud de 1.550 varas, con 97 arcos iguales de 30 pies de ancho y 15 de circunferencia.
Quinta. Formar trazas para las fuentes que se han de construir en la ciudad de Pamplona, y surtir con el agua de los manantios de subiza.
Sexta. Mejorar el camino real de Pamplona a la Provincia, haciéndolo llegar a la villa de Tolosa, construyendo un puente nuevo que sustituya al de Santa Engracia.
Séptima. Canal nabegable desde el Mar Mediterraneo al Oceano Cantábrico, continuando el Proiecto del Reyno de Aragon, cruzando el de Navarra y la Provincia de Guipuzcoa por los Rios Arga y Oria unidos por varios manantiales y depósitos de agua, en la altura de Lecumberri.
Nos guía el sano propósito de colaborar. Que nadie vea intereses ocultos o ánimo ninguno de escarnio o befa hacia el susodicho plan y, mucho menos, a los preclaros próceres que lo suscribieron. Se nos perdonará que no se acompañe memoria económica, pero hemos tenido algunos pequeños problemas de conversión monetaria. A cambio, solo una cosa: por lo que más quieran, ¡olvídense del museo de los sanfermines!
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Etiquetas: Navarra, Plan Navarra 2012, UPSN
31 mayo 2008
¿Crisis inmobiliaria? Un ajuste necesario
Desde que estalló la crisis hipotecaria en Estados Unidos se ha hablado mucho de la conveniencia o no de que la autoridad monetaria (en aquel caso la Reserva Federal) intervenga para paliar sus efectos y salvar los bancos comprometidos, a costa de avalar comportamientos temerarios e incluso aberrantes desde el punto de vista económico y social. Los partidarios de la intervención arguyen que así se evitan males mayores. Los detractores, que de esa manera se traslada a los agentes económicos el mensaje de que todo vale —hasta el falseamiento de datos— en la loca carrera por engordar las cuentas de resultados, siempre que el problema creado sea lo suficientemente grave. Es lo que se denomina un problema de riesgo moral, que se presenta cuando los costes y perjuicios de una decisión no recaen sobre quien decide.
Sin pretender equiparar dos situaciones con denominaciones similares pero bien diferentes en sus características, aquí esta pasando lo mismo con la construcción. Cuando los indicios de debilitamiento, enfriamiento, crisis, o comoquiera que llamemos a la actual circunstancia, se van imponiendo con la perseverancia de lo inexorable, comienza a generarse un estado de opinión favorable a la intervención pública para paliar los perjuicios que se adivinan. Incluso se ha creado un lobby que aglutina a los principales promotores inmobiliarios, con el fin, quizá no explícito pero sí explicitado en pronunciamientos y actuaciones públicas, de presionar al Gobierno y promover políticas que favorezcan sus intereses. Por eso es conveniente un análisis algo más pormenorizado de la situación y hacer un poco de memoria.
Como todo el mundo sabe —y buena parte lo ha sufrido en las carnes cada vez más escuálidas de su renta mensual (los salarios más bajos llevan años reduciéndose en términos reales)— el precio de la vivienda ha experimentado en la última década subidas que, con perspectiva histórica, cabe calificar de espectaculares. El fenómeno es resultado de una concatenación de elementos que van a coincidir cronológicamente en unos pocos años, a los que no es ajena la unión monetaria en Europa: reducción de tipos de interés hasta niveles desconocidos, necesidad de aflorar dinero fiscalmente oculto, fase expansiva del ciclo económico. Todo ello va a redundar en una especulación exacerbada, muy asociada a la corrupción urbanística, un contexto en el que todo vale y cualquier cantidad de viviendas que se construya encuentra inmediatamente compradores. El ritmo de construcción es frenético, sin relación con las necesidades reales y el número de viviendas vacías se incrementa tan deprisa como los precios. El problema ya no es de vivienda, que haberlas haylas, sino de acceso a la vivienda. Para colmo, la dinámica de ocupación de suelo es depredadora y generadora de servidumbres ambientales, económicas y sociales (emisiones de CO2, congestión, incremento de necesidades de movilidad, contaminación en todos sus tipos) difícilmente asumibles en el inmediato futuro.
Así pues, durante bastantes años se ha confiado el crecimiento económico (con lo que lleva consigo, claro, de exhibición de agregados macroeconómicos aparentemente sólidos y positivos) a la construcción; y, como no podía ser de otro modo por ser las bases muy débiles, tal crecimiento va a ser fuerte pero desordenado y enfermizo, con empleo de mala calidad y un peso preocupante (por lo que significa) del sector en la economía. Socialmente, se produce una gigantesca transferencia regresiva de rentas, desde la población de menor nivel de renta y el sector público hacia los grandes promotores (ni siquiera a los constructores, cuyos márgenes no son tan elevados). Basta observar las listas de las personas más ricas. En España, una buena porción de ellas están muy vinculadas a la promoción inmobiliaria y han hecho su fortuna en un plazo relativamente breve. Y es que la misma Administración ha alimentado el proceso mediante políticas miopes, por más que cuenten con un amplio respaldo social, especialmente las desgravaciones fiscales, pero también la VPO.
No contentos con enriquecerse de esa manera, ahora forman un grupo de presión y se permiten —en ocasiones con notable impertinencia— adoctrinar sobre qué políticas hay que aplicar que, casualmente, coinciden con sus intereses. Con el chantaje del aumento del desempleo, tienen el desparpajo de exigir —ése es el verbo adecuado— un aumento de las deducciones fiscales o más fondos para VPO. Saben, naturalmente, que los más beneficiados de medidas así serían ellos. Y saben, también, que pocos políticos tienen la honestidad intelectual suficiente como para explicar a la ciudadanía que el ajuste no sólo es necesario, sino saludable y que el empleo creado al amparo del boom inmobiliario es poco estable y de muy mala calidad. Al mismo tiempo, el coste de oportunidad (en términos de posibilidades perdidas por no invertir en actividades de mayor futuro) de dedicar tan inmensos recursos al ladrillo es muy elevado para una economía que, a pesar del triunfalismo oficial, presenta indicadores poco halagüeños en aspectos esenciales como la educación, la innovación tecnológica, el medio ambiente o la productividad.
¿A qué nos ha conducido todo ello? A la vista está: precios disparatados, una expansión urbana ambientalmente insostenible, la liquidación de patrimonio público, el agotamiento de las posibilidades financieras de muchos municipios y la condena de parte de la población a vivir durante décadas atados a una hipoteca. Buena culpa de ello la tiene la confusión (quizá interesada) entre derecho a la vivienda y derecho a la vivienda en propiedad. Si una sociedad opta por garantizar el segundo, allá ella con sus consensos. Como mecanismo de control social puede ser eficaz, pero ¿es progresista una política con resultados tan retrógrados?
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28 mayo 2008
Zapatero y su dilema: principios sin poder, poder sin principios
Las elecciones del 9 de marzo trajeron consigo cambios en el mapa político que han sacado a la luz el verdadero trasunto del PSOE de Zapatero, caracterizado por un populismo electoralista y el principio de conservación del poder a cualquier coste. Ciertamente, el PSOE tiene motivos para sentirse satisfecho a posteriori con el resultado, dado que puede gobernar con tranquilidad los próximos años, permitiéndose incluso hacerlo con una soberbia de la que ya ha habido sobradas muestras en apenas tres meses.
Pero un análisis detenido muestra que las razones para el triunfalismo no son tantas ni de tanto peso. La estrategia de la tensión seguida por el PP la pasada legislatura impidió que el PSOE se despegara en las encuestas, a pesar de tenerlo todo de cara, empezando por la situación económica. La única respuesta que fueron capaces de pergeñar a última hora los estrategas socialistas fue, junto a sobornos electorales descarados, fomentar la crispación y generar un clima de emergencia que ponía al electorado progresista en la tesitura de elegir entre Zapatero o el caos. Resultado: si el PSOE ganó votos, el PP —aun asilvestrado y extremista— ganó más; especialmente, y esto es relevante, en los feudos que ya eran suyos. La drástica bipolarización se llevó por delante Izquierda Unida y acentuó la quiebra territorial del Estado, dejando como futuros árbitros —algo no deseado ni por populares ni por socialistas— a los nacionalistas. La busca de réditos a muy corto plazo ha podido provocar cambios estructurales de largo alcance, quizá en la dirección opuesta a la pretendida.
También resta dulzura a la victoria socialista que haya sido posible gracias a votos prestados. El extraordinario resultado obtenido en Cataluña (donde había pocas razones internas y externas para votar al PSOE) se debe a un fuerte voto anti-PP (es inaudito que un partido que aspira a gobernar lance campañas, no contra adversarios políticos concretos, sino contra la misma población, en este caso, en forma de boicot a productos catalanes). Con matices, pero algo parecido —aunque Patxi López no esté dispuesto a reconocerlo— puede predicarse de la Comunidad Autónoma Vasca o Navarra. En este último caso se ha visto cuán acertado estaba José Blanco cuando advirtió a su militancia navarra que los votos de las generales son del PSOE y no del PSN. Algo que la dirección socialista local se empeña en ignorar.
Se trata, pues, de una situación cómoda a corto plazo —no se esperan grandes inconvenientes para gobernar— pero más complicada a medio plazo. Si la izquierda ha tenido tradicionalmente más problemas para mantener su voto movilizado, al tratarse esta vez de votos prestados —el voto del miedo, que no es patrimonio exclusivo de la derecha— la dificultad es aún mayor. Todo ello genera un panorama enrevesado en el que resulta difícil desenvolverse y susceptible de terminar en catástrofe. Por no hablar de la ezquizofrenia organizativa que puede generar.
Por un lado, al PSOE le sigue interesando un PP radicalizado para mantener su propio voto movilizado ante la amenaza de la derecha más montaraz. No es casualidad que se haya resucitado el debate religioso; y Rouco y Cañizares, benditos ellos, no necesitan muchos estímulos para lanzarse en tromba, báculo en ristre y presto el anatema. Que el PP consiga incrementar su base electoral con ese discurso ultranacionalista no es mayor problema, puesto que está incapacitado para ser alternativa real de gobierno, salvo que obtuviera mayoría absoluta, hipótesis esta muy poco probable habida cuenta de su desmoronamiento en Cataluña y Euskadi (ay, si María pudiera sustituir flores por votos).
Por otra parte, da la sensación de que el PSOE ha decidido centrar sus desvelos en el Gobierno en Madrid y, por tanto, en la conformación de mayorías suficientes en el Congreso, con o sin aliados. No es una mala elección, dado que Madrid sigue teniendo las llaves de muchas —demasiadas— puertas. Con el PP aislado, no resulta difícil. Cuenta para ello con sus aliados tradicionales, especialmente CiU (también, aventuro, el PNV), mucho más fiables y menos arriesgados, entienden ahora en Ferraz, que otros como ERC, el BNG o, incluso, los restos de IU. Y ahí comienzan los problemas. El PSOE depende más que nunca para gobernar en Madrid de Cataluña y Euskadi, ya sea por los votos directos (muchos, insisto, prestados), ya sea por los indirectos, en forma de apoyos parlamentarios. Pero es muy probable que la traducción de tales apoyos en pactos de gobierno pase por la ausencia de incompatibilidades o conflictos en el país de origen, esto es, que los nacionalistas no estén en sus respectivos parlamentos en la oposición.
En suma, la aparente deriva socialista le llevaría a preferir ceder el gobierno catalán a CiU y buscar algún entendimiento con el PNV (quizá un gobierno de coalición). Eso choca, desde luego, con los intereses del partido en Cataluña (PSC) y Euskadi (PSE). Y choca —sobre todo en Cataluña— con un discurso progresista: tendrá que explicar por qué lo que vale para Madrid no sirve en Barcelona o por qué concede tan poco valor a sus votos al Parlament. De todas formas, no sería más que el desarrollo de lo que en su momento ensayó en Navarra. Claro que, como siempre, aquí salimos perdiendo y no le han regalado el poder a un partido más o menos conservador, pero de raigambre democrática, sino a una sucursal del PP con demasiadas servidumbres predemocráticas (permítaseme el eufemismo). Así pues, la búsqueda del poder en Madrid a toda costa lleva al PSOE a traicionar a muchos de sus votantes. Hemos de asistir a espectáculos interesantes a cuenta del trío PSOE-CiU-PSC.
De todas formas, sería previsiblemente una estrategia perdedora, porque requiere condiciones muy exigentes. En primer lugar, que el PP se mantenga en sus posiciones actuales: Aguirre, Ramírez y Jiménez están por la labor, pero otros personajes significados parecen remar en distinta dirección. Requiere, en segundo lugar, que las variantes territoriales del PSOE, acepten ser sacrificadas en el altar de intereses que es difícil percibir como superiores y que parecen espurios, cuando no puramente crematísticos. Y requiere, en tercer lugar, que los votantes entren en el juego y no extraigan conclusiones, algo que sólo ocurre en modelos teóricos, partiendo del supuesto de que son imbéciles.
18 mayo 2008
Condenas y complejos
Supongo que en Nafarroa Bai la costumbre de ser objeto de escrutinio permanente está tan arraigada que puede terminar por generar una especie de adicción a chutes periódicos de adrenalina organizativa (si tal cosa pudiere existir). Y no es que esto ocurra porque se busque deliberadamente, ni siquiera por torpeza, negligencia o falta de previsión (a veces sí, que nadie está libre de pecado). No hace falta ser muy avispado ni estar muy al tanto de los entresijos políticos para adivinar que hay mucha gente (entiéndase: personas, organizaciones, medios de comunicación) vivamente interesada en airear y tergiversar cuanto procede de Nafarroa Bai, haya motivo o no. Que el motivo es nimio, se exagera hasta la caricatura; que ni siquiera existe, se fabrica.
No se confunda esta reflexión con victimismo en ningún grado. Personalmente creo que es saludable para mantener debidamente lubricados los reflejos colectivos. Y, qué diablos, si se ocupan tanto de Nafarroa Bai no va a ser porque consideren que es irrelevante (señal que cabalgamos, que diría alguien). Pero es verdad que a veces afloran complejos, una especie de necesidad de no ser castigados, ser aceptados o, simplemente, obtener una mirada amable del padre padrone.
Con la condena del atentado terrorista de Legutiano parece haberse dado una mezcla de todo. Ha habido mucho de creación de una noticia que no era tal, incluso de manipulación periodística, llegándose a decir que Nafarroa Bai no condenaba el atentado o divagando sobre si Nafarroa Bai apoyaba unas cosas en unos sitios y otras en otros y exigiéndole una coherencia que nadie más tiene. Y también se han manifestado esos complejos.
Vamos con las incoherencias: UPN, por ejemplo, votó en contra (no le bastó la abstención) de un texto en el Parlamento de Navarra que el PP había apoyado en el Parlamento Vasco, distinto a su vez del que el PP y sus acólitos navarros apoyaron en el Congreso de los Diputados. Por primera vez en mucho tiempo, el PP ha permitido la unanimidad en Madrid, al renunciar a imponer su consabido apartado sobre la prohibición al Gobierno de negociar con ETA. El PSOE ha votado tres textos distintos, en Madrid, Vitoria y Pamplona; y en Pamplona se abstuvo respecto al texto que sí había apoyado en Vitoria. ¿Quién da más? ¿Dónde está el problema?
Vamos con el contenido: ¿alguien tiene algo que reprochar al texto propuesto por Nafarroa Bai en el Parlamento de Navarra? ¿por qué hay quien se empeña, también en Nafarroa Bai, en hacer el juego incluso a esa extrema derecha que proclama que si no estás con ella en sus delirios ultranacionalistas eres un terrorista peligroso, que pretende marcar como camino único lo que no es sino su particular visión de las cosas? Nafarroa Bai está obligada a tener su propio criterio, a definir su posición y defenderla. Su calidad de segunda fuerza política en el Parlamento de Navarra la avala. Ni es una vergüenza ni va en menoscabo de su dignidad y capacidad política. Todo lo contrario. Más aún, desde un punto de vista formal, ético y político, el texto de Nafarroa Bai era superior al de UPN.
El problema de las condenas de los actos terroristas es que todo el mundo se siente obligado a decir las cosas más duras y más duras cada vez, de forma que, al final, se convierten en rosarios de palabras altisonantes que no dicen nada por el abuso que de ellas se hace, cuando la lengua (cualquiera de ellas) posee expresiones mucho más sencillas pero igualmente rotundas y claras. Es parte de la perversión de lo políticamente correcto, pero es también fruto de la estulticia, la negligencia o la dejadez. La defensa de los derechos humanos —pues de eso se trata— no requiere insultos, ni desmesura ni palabras grandilocuentes, sino serenidad y palabras claras y sencillas, aunque sean siempre las mismas. Tampoco un comunicado de condena es lugar para hacer comulgar a nadie con ruedas de molino, practicar jugarretas de bajo nivel o entrar en cuestiones de política penal y penitenciaria, mucho menos cuando es institucional.
Por poner un ejemplo, estoy seguro que esta derecha (sociológica) de nuestros pecados no habría consentido una placa como la del monumento a los fueros: «Se erigió este monumento para conmemorar la unión de los navarros en defensa de sus libertades. Libertades aún más dignas de amor que la propia vida». Apostaría a que, hoy, alguien se habría empeñado en añadir algo así como: «dentro de la sagrada e indisoluble unidad de España»; e igualmente habría habido voces, aventuro, partidarias de tragar y callar con tal de no quedar mal. A la vista de cómo han evolucionado otras personas, muchos acomplejados corren el riesgo, de no controlarse, de terminar envueltos en la bandera monárquica y dando vivas a la Virgen del Pilar. Que no es que tenga nada de malo, pero tampoco es eso.
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08 mayo 2008
La dura labor de oposición
Las elecciones de mayo de 2007 marcaron un hito significativo en el devenir político de Navarra. Aun manteniendo UPN la mayoría, los resultados permitían vislumbrar alternativas y un relevo en el liderazgo de la oposición. Bastaba que el PSN se olvidara de su tradicional política de obstrucción a cualquier alternativa a UPN para que fuera posible un gobierno progresista en Navarra.
Con todo, lo más significativo fue la emergencia —y como segunda fuerza— de Nafarroa Bai, una coalición de partidos que comparten una visión integradora y progresista de Navarra. Nafarroa Bai ha conseguido aglutinar buena parte de las esperanzas de cambio, constituyendo todo un fenómeno social y adquiriendo rápidamente entidad propia al sumar —sea cual sea el ámbito de referencia— bastante más que los partidos que la integran.
Pero hay una diferencia entre Nafarroa Bai y otras fuerzas políticas. Así como algunos partidos tienen —o presumen tener— un espacio considerado «propio» y que administran como una finca privada, el que obtuvo Nafarroa Bai no es una finca familiar, mucho menos de recreo. Es un usufructo, un préstamo de la ciudadanía que debe ser gestionado con esmero porque la sociedad espera que le sea devuelto mejorado, con réditos, y no aminorado por una mala administración o por haber sido, simplemente, dilapidado.
Ha pasado prácticamente un año desde las elecciones. Un período que se inicia con un verano traumático de negociaciones imposibles, con fundadas sospechas de que no llegarían a ningún sitio. Se hizo un buen papel y, creo, se estuvo a la altura de las circunstancias. Quedó bien claro que si finalmente no había gobierno progresista en Navarra no sería por culpa de Nafarroa Bai. Pero una vez las cosas establecidas «como Dios manda», «como debe ser», esto es, el orden natural de la derecha, tocaba ponerse a trabajar. Con el agravante u obstáculo de que el PSN mostraba su verdadera cara y se disponía a gobernar en férrea alianza con UPN. Nafarroa Bai quedaba, pues, como la oposición.
Decía Andreotti —tan pragmático y políticamente sabio como oscuro— que el poder desgasta a quien no lo tiene. La tarea de oposición es dura e ingrata. Pero es un trabajo que hay que hacer. Y no consiste simplemente en decir no a todo, ni en buscar las vueltas a lo que dice el Gobierno, ni en no querer «mojarse» en los temas relevantes, mucho menos en intentar quedar bien permanentemente ante la opinión pública (el «coste cero» de la acción política es un objetivo pernicioso). La tarea de oposición consiste, por el contrario, en escudriñar, averiguar, controlar, conocer los temas y proponer alternativas solventes (aun al coste de perder una virginidad política poco deseable en quien aspira a gobernar). Es la única vía para ganar credibilidad y poder presentarse ante la ciudadanía con réditos suficientes para demostrarle que ha hecho un buen negocio.
Francamente, yo no diría que el balance de este año es alentador. En el debate presupuestario, la presencia de Nafarroa Bai fue testimonial y se desaprovechó el caudal de ideas y proyectos que existen y que con tanto entusiasmo y trabajo se han ido elaborando. En el asunto del Consejo General de Caja Navarra faltó fluidez en las comunicaciones. Y en un tema tan sensible como el euskera, se falla a la ciudadanía clamorosa y flagrantemente. Que es una reforma menor, de acuerdo. Que ha faltado cortesía parlamentaria, de acuerdo. Queda por saber si de haber estado presentes todos los parlamentarios de Nafarroa Bai la reforma hubiera salido igualmente adelante. Pero Nafarroa Bai ha incumplido su contrato. Y no basta con pedir disculpas. Es hora ya de empezar a asumir responsabilidades, también personales.
Y ponerse a trabajar sin dilación en alternativas de gobierno y no en meras glosas de decisiones o proyectos del Gobierno (que van a contar, ya se sabe de antemano, con el respaldo de sus coaligados socialistas). En el momento actual el PSN sólo vota contra UPN cuando se ve acorralado por compromisos electorales que, por haber sido tan voceados, no admiten marcha atrás. Y, con todo, el grupo parlamentario socialista tiene la cintura y el cinismo necesarios para decir diego donde dijo digo, así que las posibilidades no son muchas. Seguramente hay que fortalecer hábitos internos de trabajo en común (no en compartimentos estancos que sólo consensúan conclusiones) e ir creando y consolidando grupos de discusión, reflexión y elaboración de propuestas, plurales en su composición y especializados en su objeto, para apuntalar el trabajo parlamentario.
Quedan tres años de legislatura. Seguramente la legislatura más trascendental a la que se vaya a enfrentar Nafarroa Bai en mucho tiempo. En nuestras manos está aprovecharlos. Cuando el elector deposita su voto en la urna, implícitamente está exigiendo que el destinatario del voto no le falle. No sé si hasta ahora se ha fallado al electorado y a la sociedad. Pero a partir de ahora es un lujo que no está al alcance de Nafarroa Bai.
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28 abril 2008
Autonomía fiscal, política económica y sobornos electorales
La promesa electoral de la «devolución» de 400 euros del IRPF ha generado una polémica en la que se mezclan dos aspectos bien distintos que conviene tratar por separado. El primero tiene que ver con la conveniencia de la medida en la actual coyuntura económica. El segundo, con su aplicación en Navarra.
La medida consiste en una deducción de la cuota líquida del impuesto para perceptores de rentas del trabajo o autónomos, que reduce la carga fiscal individual en 400 euros. Tal como aparece en el decreto que la regula, la idea es adoptar «medidas de naturaleza fiscal que mejoren la renta disponible de las familias». Un somero repaso a cualquier manual de introducción a la economía nos proporcionará un respaldo sólido: la reducción del ritmo de actividad económica aconsejaría aumentar la capacidad de gasto de las familias para así incrementar el gasto agregado y frenar la desaceleración económica. En este sentido, podríamos considerar teóricamente indiferente la reducción de impuestos o el incremento del gasto público para encarar tiempos difíciles. Sin embargo, no es así.
Para empezar, los impuestos progresivos como el IRPF ya reflejan la evolución de la situación económica, por cuanto la cuantía a pagar se altera automáticamente al variar la renta (declarada) de los individuos. Si la presión fiscal fuera insostenible o, al menos, muy elevada, se podría admitir un alivio fiscal adicional en período de crisis. Pero no es el caso: el gasto público en España está en torno al 80% de la media de la Unión Europea (27 países). Precisamente —y siguiendo al propio Solbes— si el equilibrio presupuestario ha de ser un objetivo a alcanzar en el conjunto del ciclo económico y no año a año, es porque en las fases de menor crecimiento o de recesión entran en funcionamiento mecanismos que impulsan el gasto público al alza y los ingresos a la baja. Si a esa recaudación ya disminuida se añaden reducciones fiscales, el superávit acumulado se agota rápidamente —se dilapida— y el déficit puede desbocarse, de manera que al operar los estabilizadores automáticos e incrementarse el gasto social, se corre el riesgo de que ocurra lo mismo que en recesiones anteriores, esto es, la reducción de prestaciones sociales, que afecta con mayor intensidad a los grupos más desfavorecidos. Por ello es discutible que una medida así sea «progresista»: se reduce capacidad de actuación precisamente cuando más necesaria va a ser, especialmente en el terreno social.
En una «cata a ciegas» de políticas económicas, difícilmente un catador avezado atribuiría a un gobierno de izquierdas una medida así, más propia del thatcherismo o del «conservadurismo compasivo» de Bush. Es característico de gobiernos de derechas traducir de inmediato cualquier superávit que pueda aparecer en las cuentas públicas en reducciones impositivas con el argumento, falaz, de devolver a la ciudadanía parte de lo que aporta. Recientemente, para justificar su veto a una ampliación de la cobertura sanitaria infantil, Bush adujo que «no es aceptable la expansión del sector público, en lugar de hacer los cambios necesarios para fortalecer un sistema basado en el consumidor». No es que el gobierno socialista haga suyas necesariamente esas premisas (alguno de sus más influyentes miembros sí), pero los resultados son los mismos. El conservadurismo compasivo (una mezcla de políticas económicas y supuestamente sociales cuyas bases ideológicas proceden de la época de Reagan) dirige todos sus esfuerzos a reducir la presencia del sector público, especialmente en el terreno social, aun a costa de aceptar mayores desigualdades y formas diversas de beneficencia. Repartir cupones de comida no es política social. Evitar que sea necesario repartirlos, sí. Una vez más, Zapatero muestra la debilidad de sus convicciones progresistas en favor de medidas regresivas pero populares (y populistas).
¿Y qué pasa en Navarra? Si la situación ya resulta difícil de entender a los naturales del Reyno, para los foráneos debe de ser completamente incomprensible. El lehendakari Sanz parece no conocer el régimen fiscal de Navarra, y al tiempo que presume de un keynesianismo de alpargata (cemento y gasto ya previsto), reclama que sea el Gobierno de Madrid el que devuelva los 400 euros a los contribuyentes de Navarra. Un brindis al sol, que sale gratis. Puestos a ser rigurosos, ni siquiera es cierto que —como ha afirmado— los navarros hayan contribuido al superávit presupuestario, salvo en un sentido muy genérico e indirecto.
El PSN, por su parte, exhibe su populismo de derechas y, con su portavoz Jiménez en pose zarzuelera, exige que la Hacienda Foral se haga cargo del coste. Es decir, pretende que un gobierno de otro partido aplique una promesa electoral suya. Como de costumbre, van de farol. Quizá sólo pretendan tapar sus propias vergüenzas, al aire desde el momento en que no se molestan en aclarar a sus posibles votantes que la medida no era de aplicación inmediata en Navarra, porque la decisión corresponde al Gobierno de Navarra, que es de UPN. Otro brindis al sol, que sale gratis. El PSN sólo podría prometer algo así si gobernara en Navarra, que, como todo el mundo sabe, no es el caso. Pero aunque fuera así (algo que no parece entrar en los planes de Elena Torres), sólo muestra que el PSN cree poco en la autonomía fiscal de Navarra, ya que se limita a trasladar miméticamente lo que otros deciden fuera.
La autonomía fiscal de la que tanto alardean socialistas y conservadores y que tan mal administran y protegen, significa que —con más limitaciones de las deseables— Navarra controla los dos lados del presupuesto: los ingresos y los gastos. Es ese detalle el que convierte dicha autonomía en el elemento esencial, en la base de la autonomía política y del bienestar (muy menoscabado después de tantos años de gobierno de UPN) de nuestra sociedad. De tal manera que, para ver si —como tanto se ha oído estos días— un navarro está en mejor o peor situación que otros ciudadanos, habría que comparar el resultado final, en términos de obligación fiscal a igualdad de condiciones y de calidad de prestaciones sociales; nunca partida por partida, un mecanismo que, de paso, llevaría a la desnaturalización de la autonomía fiscal y terminaría en la pura traslación a Navarra del IRPF estatal.
Lo que sí es grave, y de ello apenas se habla, es la supresión del Impuesto sobre el Patrimonio, por lo que significa de señal a la ciudadanía de la deriva de la política fiscal. Su misma justificación: no lo pagan los más ricos, sino las fortunas medias; si se admite el argumento, habría que suprimir el IRPF, que se ceba en las rentas salariales y no precisamente en las más altas. O la eliminación de los impuestos que gravan sucesiones y donaciones. La derecha se dedica a difundir la idea (insidiosa) de que todo lo público (salvo la ley y el orden) es malo y que el fisco no hace más que confiscar rentas limpiamente ganadas. Se olvida de que buena parte de esas rentas (en número y cuantías) se debe justamente a la existencia del sector público. Y no es causalidad que los cambios que se ejecutan al amparo de estas argumentaciones vayan en detrimento de quienes están en peor situación. Las recesiones se suelen saldar con menos prestaciones y de peor calidad y más desigualdad. Esta vez con la complicidad de un gobierno que se dice de izquierdas.
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25 abril 2008
25 de abril: Revolução dos Cravos
25 de abril. Una fecha para recordar. Un final digno para una dictadura indigna. Una fiesta de la libertad. Que los claveles florezcan en el cañón de los fusiles y las pistolas, fertilizados ya por demasiada sangre derramada. Que todos tengamos nuestro clavel, nuestros claveles. Que, como dice la placa del edificio que fuera sede de la PIDE (policía política salazarista) en Lisboa, el clamor de la libertad haga florecer de nuevo abril sobre las cenizas de la opresión, la infamia, la violación de los derechos de tantos seres humanos, la desigualdad, los salvapatrias y cuantos en el mundo se han creído investidos del derecho a decidir por los demás.
Aqui
do silencio das «gavetas»
da pátria amordaçada
dos peitos desfeitos pelas torturas da pide
subiu o clamor da liberdade
floriu Abril
And here is the rest of it.
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15 abril 2008
República
Hoy voy a escribir sobre la República. El purismo de las fechas no deja de ser mera convención. De hecho, como es bien sabido, la bandera republicana se izó en Eibar un 13 de abril. Ramalazos jacobinos en un país que sólo da por buenas las cosas cuando ocurren en Madrid, se terminó celebrando el 14. Mi abuela, aludiendo a una efeméride familiar el 19 de julio, decía que era el día del Alzamiento. Y, según se mire, es verdad. Las primeras escaramuzas fueron el 17. Lo del 18 tuvo mucho que ver con un estado de la tecnología que obligó a Franco a salir de viaje con un día de antelación para llegar a tiempo a Marruecos. Y fue el 19 cuando Mola se pronunció…
Así que me pongo las fechas por montera: hoy, 15 de abril, toca República. Con mayúscula. Tengo que comenzar reconociendo una deuda intelectual y literaria con Haro Tecglen, republicano por excelencia y la excelencia republicana ejercida a través del periodismo. El apresuramiento inherente a la profesión de periodista genera un estilo peculiar en el que la pulcritud literaria no suele ser la norma, ni siquiera una preocupación primaria. Pero ese oficio es vivero también de grandes maestros en el arte de narrar cosas y en la manera de narrarlas. Uno de ellos fue, es, Haro. Otro, Kapuscinsky.
Escribo República con mayúscula precisamente porque me refiero a ella no sólo como un régimen político, sino como una idea, una visión del mundo y de las relaciones humanas organizadas en sociedad. La república como forma política tiene muchas versiones, algunas poco democráticas y hasta monstruosas (el mismo Mola pensaba en una dictadura con forma republicana). Como idea, alude al que seguramente es el mayor logro del pensamiento humano moderno, fruto de la Ilustración: la radical igualdad de los seres humanos, concretada en las sucesivas declaraciones de derechos. Otra cosa es su plasmación en cada sociedad. Pero para que tal versión más o menos aproximada al principio general pueda existir, es necesario que éste sea formulado. De tal igualdad se desprende, como un corolario deseado, el principio de la tolerancia. La intolerancia es desprecio al otro y surge de la conciencia de la desigualdad de los seres humanos. A quien se considera superior le asiste la razón, cree, para violentar, obligar, oprimir al inferior. Ese es precisamente el origen de las mayores desgracias de la Humanidad. Frente a los principios humanistas de igualdad y tolerancia, la monarquía se presenta como la consagración de la desigualdad y agrede la sensibilidad y la inteligencia. Y no hay igualdad y tolerancia sin educación y cultura, algo sobre lo que las cabezas pensantes de 1931 fueron especialmente conscientes.
A veces el 14 de abril se limita a la nostalgia por un régimen concreto, el de la II República española. Se enumeran sus muchos logros sociales y culturales. Surge inmediatamente, y es fácil, la comparación con la larga noche franquista (un retroceso brutal e inhabitual incluso en dictaduras aún más sanguinarias: cosas de la barbarie ibérica) y con las imperfecciones de la actual monarquía. Llega a dar la impresión de que república, progresismo e incluso izquierdismo son sinónimos. Que la república de 1931 era de izquierdas.
Pero no olvidemos que en el período republicano también gobernó un protofascista como Gil Robles o un populista estrambótico como Lerroux (por no hablar de la posición de la izquierda en relación con el sufragio femenino). Pero ésa es su grandeza. Hace un tiempo hubo bastante guasa con un error del gobernador de Florida Bush cuando denominó a Aznar «presidente de la república española». Mucho republicano de pro se declaraba partidario de la monarquía antes de que tal desatino se materializara. Yo disiento. Prefiero una república con Aznar como presidente a cualquier monarquía. A Aznar se le podría largar. Al rey (véase nuestro particular ciudadano Capeto) no. Ítem más, ser republicano es defender el derecho de cualquiera —de Aznar, llegado el caso— a ser presidente. Ésa es, insisto, la grandeza de la república.
También se observa una peculiar identificación entre grupos políticos concretos, la bandera tricolor y la idea republicana. Al parecer, por poner un ejemplo, no se puede ser de derechas y republicano. Por lo mismo, los nacionalistas vascos deben de ser monárquicos. Un republicano que se precie debe enarbolar la bandera tricolor y entonar el himno de Riego… Porque reivindico la igualdad y la tolerancia, reivindico la República. Sin banderas, sin himnos, sin falsas identificaciones.
Salud y República / Osasuna eta Errepublika
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09 abril 2008
¿Crisis en Nafarroa Bai?
Nafarroa Bai está en crisis. Nafarroa Bai se rompe. Ya lo decía yo, dicen algunos chapoteando en el barro de sus temores y su nerviosismo. Como Sanz, líder de un partido caudillista y a pesar de ello fracturado y fatigado, con los cientos de puestos y sueldos públicos como único aglutinante. Lo dicen también en el PSN, dividido aún hoy en dos mitades, a pesar de los esfuerzos de la actual dirección por acallar, ignorar o depurar a los discrepantes.
El lehendakari Sanz, con su habitual desfachatez, dice que el nacionalismo es un cáncer. Y tiene razón. Su nacionalismo, sin ir más lejos, que sólo es capaz de medrar con el conflicto, la crispación, la satanización del disidente y la imposición de un concepto de España rancio y de trágico recuerdo como armas. Y no vamos a recurrir a la historia (ahí están sus ancestros políticos para dar lecciones de nacionalismo), basta la más reciente, los últimos cuatro años. Pero Sanz —y lo que representa— es un cáncer no sólo por nacionalista, sino por su falta de interés por liderar a toda la sociedad, representarla y trabajar por los intereses colectivos, por su incapacidad para proponer proyectos o ideas para el futuro. Un cáncer que lo va invadiendo todo, mutando la vitalidad y el dinamismo de toda una sociedad en oportunidades de negocio para unos pocos. ¡Qué casualidad que los tres últimos informes de la Cámara de Comptos hayan sido demoledores para la gestión que UPN hace de los dineros públicos! Obsérvese el panorama: si el Gobierno de Navarra se embarca en un proyecto industrial, es a rebufo de alguna empresa interesada (cuando no reacciona a golpe de ultimátum); si lanza un plan de vivienda, es porque se lo presentan promotores que no sólo se erigen en planificadores (nuestras ciudades al albur de intereses crematísticos particulares) sino que, para colmo, puentean así al Ayuntamiento afectado… ¿Quién gobierna en Navarra y para quién? ¿Dónde está el tumor? ¿Dónde la parálisis?
Así las cosas, tan grises (por no hablar del descalabro social que se avecina, tras el adelgazamiento de lo público a que hemos asistido estos años: mal para la educación, mal para la sanidad, se pretende arreglar todo con cemento), es normal que Sanz y su entorno político y mediático (ardua tarea discernir corifeo y coro) agranden cualquier atisbo de discrepancia, debate o, por qué no decirlo, franca discusión en Nafarroa Bai.
Que surgen discrepancias es evidente. Como en todo colectivo. En este caso se llegan a manifestar con crudeza, lo que no significa que esté desmoronándose o amenazada por la piqueta, qué más quisieran algunos. Se trata de una coalición joven, con mecanismos de adopción de decisiones y generación de consensos imperfectos y en fase de rodaje. También, hay que reconocerlo, con un hábito muy arraigado en los partidos que la forman de dirimir sus diferencias en la plaza pública. ¿Es eso malo? Es costumbre criticar el autoritarismo, la cerrazón o la falta de debate interno en las organizaciones. Pero cuando se observan discrepancias en alguna de ellas se pone, incoherente e interesadamente, el grito en el cielo. ¿En qué quedamos? ¿Habrá que recordar las vendettas a que hemos asistido la pasada legislatura foral en el seno de UPN, sirviéndose para ello —y eso sí es grave— de la Administración Pública? ¿Habríamos sabido algo de Humanismo y Democracia de no existir esa pelea? ¿Nos hemos olvidado de cómo se dirimió el último congreso del PSN? Por poner ejemplos cercanos, que ahí anda Esperanza Aguirre atronando el solar hispano con sus gritos de guerra para ajustar las cuentas a Rajoy (la concepción que del liberalismo tiene Aguirre es una rareza intelectual digna de glosa).
Nafarroa Bai, para pasmo y desconcierto, primero, y mal disimulado nerviosismo, después, ha logrado articular un proyecto de cambio para Navarra progresista e integrador y ha conseguido unir a un sector de la sociedad tradicionalmente silenciado u obviado mediante el reparto canovista de cuotas de poder o el puro soborno político de los más sumisos (es lo que tiene administrar las prebendas). Y aspira, además, a contribuir a la unión de fuerzas progresistas de Navarra para conseguir el cambio político. Naturalmente, eso no gusta. Y no gusta, en primer lugar, a quienes pretendiendo impedir una supuesta venta de Navarra que sólo existía en sus delirios y terrores nocturnos, consiguieron mantenerse en el poder a coste cero. O a quienes se han instalado en una posición vicaria al cómodo abrigo del presupuesto público.
Se habla de ineficacia en la gestión. ¿Barañain? Los que impiden el gobierno municipal son los que, dentro incluso del PSN, negaron el pan y la sal al anterior alcalde. ¿Zizur? Un grave error, ya reconocido, al elegir a alguien que parece anteponer el medro personal al servicio público. La prueba es que después de arremeter contra todo lo que se movía ha terminado votando con UPN… curioso. ¿Beriain? Léase la carta objeto de disputa y sáquense conclusiones.
Por más que se diga, Nafarroa Bai sigue viva. Hace cuatro años se iba a desleír como un azucarillo. Ahora es un cáncer. Significativa la evolución metafórica, se van resignando, señal que cabalgamos. La última trifulca, debidamente comentada por Sanz y su troupe, no ha sido más que una confrontación de concepciones sobre el tipo de representante que conviene tener en el Consejo General de Caja Navarra; una fiebre infantil de la que la criatura no puede sino salir fortalecida, porque no anda mal de anticuerpos. Eso sí, se impone ya ese debate interno tantas veces aplazado sobre organización, toma de decisiones, apertura a la sociedad, formas de afiliación o el papel de los independientes, que no han de ser la alternativa —una competencia indeseada— a los militantes de los partidos, sino su complemento, el engrudo que hace que Nafarroa Bai sea bastante más que la suma de sus partes. Ello requiere trabajo, pero en Nafarroa Bai hay capacidad, capital humano (empezando por una militancia no siempre reconocida y a veces sacrificada en el altar de intereses superiores) y un proyecto de futuro. Seguramente el primer proyecto realmente integrador, que concibe Navarra como un todo, y no como realidades enfrentadas o la mera yuxtaposición de identidades, algunas molestas. En Nafarroa Bai cabe toda Navarra. Está por ver si otros pueden decir, y practicar, lo mismo.
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08 febrero 2008
Rajoy, su contrato y los inmigrantes (España cañete)
Pocas campañas electorales se presentan tan interesantes como la actual. Los sondeos no dan resultados claros, los gurús de cabecera de Rajoy y Zapatero andan desconcertados, en el PP Aznar da una vuelta de tuerca y deja claro —por si quedaban dudas— por qué ungió a Mariano con su libérrimo dedo. Por el gesto desabrido y el aire de estar permanentemente sometidos a cuaresmales abstinencias, diríase —permítame Gallardón la licencia— que todos son Esperanza.
Zapatero, por su parte, oscila entre el optimismo inveterado —propio de seminaristas iluminados— de José Blanco, que le promete mayorías absolutas, el pragmatismo inmoral de Rubalcaba, que maneja tiempos, detenciones e ilegalizaciones con la misma desenvoltura que si hiciera la lista de la compra, los lúgubres empates anunciados por los más realistas o la tentación canovista con que intenta seducirle el sector más ultra del partido, encabezado por un Bono incapaz de disimular las ansias de desquite.
Y todo como si no hubiera más alternativa y las cosas se dilucidaran exclusivamente entre tan impresentables contendientes. Ni conmigo ni sin mi —parecen decir al elector— tienen tus males remedio, pero opta por quien te va a causar el menor de los daños. Afortunadamente, hay otros mundos que no son el del PP-PSOE (UPN-PSN), otras visiones de la vida y otras formas de hacer política.
En este contexto, ambos líderes —ambos capitidisminuidos— se afanan en una carrera histérica por sobornar a la ciudadanía con añagazas diversas, algunas apelando a lo más oscuro del alma humana. Es lo que ocurre con el «contrato de integración» de Rajoy. Contrato que sólo se compadece con adjetivos como ridículo o patético. No vayamos a pensar que la política del PSOE ha sido mucho mejor. Como en casi todo, se ha quedado a medio camino y después de una regularización tan necesaria como mal explicada, ha dado rienda suelta a corrientes xenófobas más dignas de atención por razones de pedagogía política que de captura de votos.
Por supuesto, el pretendido contrato es inconstitucional de punta a rabo, aunque en los tiempos que corren es algo —lo de los derechos fundamentales— que parece preocupar poco tanto al PP como al PSOE. Pero fijémonos en algunos detalles. Prescribe compromisos como cumplir las leyes o aprender la lengua. El primero es ridículo porque es exigible a todo el mundo. El segundo, porque si quieren desenvolverse adecuadamente no les quedará más remedio. Queda la duda de a qué lengua se refiere Rajoy o si hablar catalán en la intimidad supone incumplimiento contractual.
Otros son ofensivos, como pagar impuestos (se supone que directos, porque los indirectos los pagan, como —casi— todo hijo de vecino). Seguramente —y esta aseveración debería ser un aldabonazo en la conciencia de próceres tan sesudos como Rajoy o Arias Cañete— el de los inmigrantes es el único colectivo interesado en pagar impuestos, entre otras razones porque eso significa que están en una situación regular y hasta estable. Cuando no los pagan suele ser porque no pueden, demasiado a menudo por estar en las garras explotadoras y chantajistas de empresarios (autóctonos) sin escrúpulos.
Comentario singular merece el compromiso de respetar las costumbres de los españoles. ¿Las buenas o las malas? ¿Las tópicas o las sensatas? ¿Las de la España eterna o las de los que quieren romper España? ¿Terminarán los inmigrantes obligados a ir a los toros con peineta y mantilla (española, of course)? No dejaría de tener gracia, habida cuenta de que el PP también se plantea restringir el uso del velo. ¿Extenderán la medida a las monjas católicas o a las majas madrileñas? ¿Cómo se establecerá el criterio delimitador de lo lícito y lo ilícito? ¿Metros cuadrados de tela, superficie del rostro visible (oculta), distancia hasta el suelo? Arduo dilema de consecuencias imprevisibles… Seguramente con esto de los toros, la mantilla y el exigible atracón de «canción española» (igual así venden algo; que pongan a Ramoncín en el catálogo), estará relacionado el requisito de trabajar activamente para integrarse en la sociedad. O quizá ello pasa por afiliarse a algún club parroquial, hartarse de morcilla y trabajar con ahínco viernes, sábados y, ya que son inmigrantes y vienen a lo que vienen, domingos también.
Pero Rajoy es magnánimo y, a cambio del cumplimiento de tan nimias y razonables exigencias, les promete algo: nada menos que «los mismos derechos y prestaciones que a un español». Es decir, mientras no cumplan los requisitos contractuales estipulados por don Mariano —que por eso mismo no van a ser un dechado de tolerancia— están condenados a un appartheid de hecho que los convierte en ciudadanos de segunda o de tercera mientras Rajoy no decida lo contrario. Su problema, y el de Aznar, es que quieren imitar a caudillos protofascistas como Berlusconi o Sarkozy pero les falta mucho glamour para ello. Por no hablar de las referencias de algunos miembros del PP a la higiene. Son como nuevos ricos, que acaban de descubrir las excelencias del agua corriente, aunque todavía no saben a ciencia cierta para qué sirve el bidé… Ahí quedan también las declaraciones de Arias Cañete sobre los camareros «españoles». Está claro que la situación ideal, de los «españoles» y de los inmigrantes, para los capitostes del PP, es la sumisión y la servidumbre.
Rajoy promete a los que cumplan sus condiciones «ayudarles en su integración y respetar sus creencias y costumbres, siempre que no sean contrarias a las españolas». Esto es, que vayan espabilando porque si no son de misa dominical y sábado sabadete (esto los más afortunados) se arriesgan a una ominosa deportación, quizá —siguiendo el ejemplo de Mayor Oreja— debidamente «colocados».
Al final, estas propuestas denotan no ya el omnipresente miedo de la derecha a lo extraño sino, lo que es mucho peor, el afán de explotar electoralmente los más bajos instintos de la población. Sería muy triste que el electorado fuera efectivamente sensible a argumentos como los expuestos.
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18 enero 2008
Mujer e inmigración: una valoración socioeconómica
Las líneas que siguen recogen el contenido de mi participación en el encuentro organizado por Mujeres Progresistas de Navarra sobre el tema Mujer e inmigración hoy: un reto para la convivencia, un reto para el progreso (Pamplona, 16 de noviembre de 2007). Es sólo un esquema, resultado de un trabajo de documentación más que de investigación, pero quizá pueda ser útil para reflexionar sobre temas de gran calado social o servir como acicate para profundizar en su estudio.
1. Introducción: inmigración y tópicos
La inmigración ha crecido con gran rapidez en los últimos años, lo que seguramente ha contribuido a la generación de preocupación social, con la difusión de algunos tópicos falsos y dañinos para la convivencia social.
Frente a tales tópicos, se puede afirmar con mucha mayor solvencia que las personas inmigrantes no compiten por el empleo con la población autóctona; no saturan los servicios sanitarios, ocasionando el deterioro de su calidad; no son responsables de la pérdida de calidad del sistema educativo público; recurren a las prestaciones sociales en mucha menor medida que la población autóctona; generan un aportación neta positiva, tanto a la Hacienda Pública como a la Seguridad Social; con su actividad laboral, pero también —lo que se suele olvidar a menudo— de consumo, contribuyen a ensanchar la base productiva de la economía y a alimentar buena parte de los flujos económicos en los que se basa nuestro bienestar.
En suma, los inmigrantes, hombres y mujeres, son, en general, más contribuyentes que perceptores. Son usuarios de servicios generales, como sanidad y educación, pero su acceso a ayudas específicas (desempleo, VPO, becas) es mucho menor.
2. La inmigración en Navarra: algunos datos
Fuerte crecimiento de la población de origen extranjero (pasa del 1,7% de la población en 2000 al 9,2% en 2007), de la que el 46% son mujeres.
Mayor tasa de actividad que la población autóctona (77%, frente a una media del 61%).
Mayor temporalidad (60% frente a 27% en 2007).
Mayor tasa de paro (casi duplica la media de Navarra).
Las tasas de actividad de las mujeres inmigrantes varía según su origen, aunque no hay una pauta geográfica que lo explique.
3. Mujer e inmigración
3.1. La decisión de emigrar
Todos los procesos implicados en la decisión de emigrar deben ser analizados teniendo en cuenta la relación social de desigualdad que impone el género, que agrava la situación de las mujeres emigrantes, particularmente afectadas por problemas de integración en el mercado de trabajo de los países de destino: se acumulan los obstáculos y se enfrentan a una discriminación multidimensional. Así pues, la decisión de emigrar —la experiencia emigratoria en cuanto tal— es diferente para hombres y mujeres, debido a las desigualdades de género.
Se observa una feminización de la emigración, seguramente resultado de una estrategia de supervivencia de los hogares. Si bien el número de mujeres emigrantes siempre ha sido elevado, se incrementa el número de mujeres que emigra de forma autónoma, en tanto que cabeza de familia, y no por razones de agrupamiento familiar o matrimonio.
De alguna manera, la globalización ha dado lugar a un proceso de deslocalización de distinta naturaleza: las actividades que no pueden deslocalizarse porque han de estar próximas a la demanda (servicios) se cubren con mano de obra inmigrante (deslocalización de las personas); por su parte, las actividades que pueden ser deslocalizadas (industrias intensivas en trabajo) se dirigen a países menos desarrollados (deslocalización de las actividades).
Incluso, la distinta situación en países pobres y ricos permite hablar de una transferencia de las actividades de cuidados tradicionalmente realizadas por la mujer en los países ricos: empobrecimiento y aumento de las desigualdades en los primeros; envejecimiento, incorporación de la mujer al mercado de trabajo e insuficiencia de los servicios sociales en los segundos. El resultado es la externalización del trabajo femenino (contratación de mujeres), la transferencia de desigualdades de género y etnia entre mujeres y la generación de cadenas globales de cuidados.
3.2. Inserción laboral
De lo ya expuesto se puede deducir que la mujer se encuentra en una situación específica, al añadirse problemas propios a los que experimenta cualquier inmigrante. Las modalidades de inserción laboral tienen que ver con el sexo, la nacionalidad y la clase o estatus socioeconómico. Las mujeres inmigrantes se enfrentan a relaciones de poder asimétricas en las que ellas están en la posición más desfavorable por la acumulación de obstáculos: como mujeres se enfrentan al patriarcado, en origen y en destino; como inmigrantes (especialmente las del Tercer Mundo) se enfrentan a barreras legales y prejuicios sociales; como trabajadoras predomina la inserción en empleos precarios y marginales.
En el mercado de trabajo para mujeres hay una segmentación similar a la que tiene lugar entre géneros. En cierta forma, se refuerzan los roles de género al ocupar trabajos que las autóctonas no desean.
Las ocupaciones principales de las mujeres inmigrantes son el trabajo doméstico, la limpieza, la hostelería y los servicios sexuales (prostitución). Es decir, se da una sobreespecialización en ocupaciones de baja cualificación y feminizadas, afectadas negativamente por la discriminación de género. La consecuencia es una sobrecualificación aún mayor que en las mujeres autóctonas (en España, por ejemplo, afecta al 48% de las inmigrantes (al 57% de las nacidas fuera de la OCDE) y al 24% de las del país. El hueco en el sistema productivo del país de destino está relacionado con la mencionada transferencia de los cuidados debida a la externalización de tareas ya asignadas a la mujer (trabajo doméstico) en el esquema tradicional de la división sexual del trabajo.
4. Temas de reflexión
Para finalizar, y sin pretender agotar el problema, se pueden plantear algunos temas, en parte tratados en las líneas que anteceden, para orientar una necesaria y profunda reflexión sobre el problema.
En primer lugar, la inmigración es devastadora para la sociedad de origen y también para quien emigra, entre otras cosas por la evaporación del capital humano que supone, especialmente si es mujer.
En segundo lugar, la inmigración sitúa a la sociedad receptora ante un reto que, en el caso de las mujeres inmigrantes es doble: superar la xenofobia o el racismo en sus diversos grados y formas, por un lado, y el machismo, por otro.
Tercero, la mujer inmigrante se enfrenta a limitaciones aún más agudas en sus derechos de ciudadanía: limitaciones para ejercer derechos laborales y políticos en igualdad con el resto de la población; discurso y prácticas discriminatorias en su entorno laboral y vecinal; escaso grado de organización y articulación colectiva.
Para terminar, la vigencia efectiva de derechos fundamentales (libertad, integridad física) se contrapone, a veces dramáticamente, a usos culturales arraigados ¿Qué respuesta debe dar una sociedad democrática?
Algunas referencias
Colectivo Ioé (2005): «Inmigrantes extranjeros en España: ¿reconfigurando la sociedad?». Panorama Social, nº 1, pág. 32-47.
Naciones Unidas (2006): Estado de la población mundial 2006. Nueva York.
OCDE: International Migration Outlook (ediciones de 2006 y 2007). París.
Pereda, C. (Colectivo Ioé) (2007): «Dos claves para comprender las migraciones internacionales. El caso de España» Colloque International Migrants de la Cité a la Citoyenneté: Etat des lieux des recherches européennes. Luxemburgo, mayo de 2007.
Ramírez, C., García Domínguez, M. y Míguez Morais, J. (2005): Cruzando fronteras: remesas, género y desarrollo. Documento de trabajo. Instituto Internacional de Investigaciones y Capacitación de las Naciones Unidas para la Promoción de la Mujer (INSTRAW). Santo Domingo, República Dominicana.
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15 enero 2008
Sobre el vial de Irubide
Publica estos días la prensa (ver Diario de Noticias del 15 de enero) que vecinos de la Txantrea han recurrido ante el Tribunal Administrativo de Navarra la aprobación definitiva del Plan Parcial Chantrea Sur, cuyo elemento central es el vial de Irubide. Se quiere presentar este vial como un cierre adecuado para el borde sur de la Txantrea y excusa para la construcción de viviendas (la gran coartada para los desmanes urbanísticos).
Sin embargo, tal como está concebido y salvo modificaciones cosméticas para hacerlo más presentable, se trata de un vial de gran capacidad (dos carriles en cada sentido con mediana de separación). Su carácter de vía rápida se ve favorecido porque únicamente se prevén dos rotondas y en el tramo más próximo a Irubide. Se erige, pues, en una auténtica barrera entre la zona verde prevista (sólo prevista, habrá que ver si no es un señuelo para calmar de momento a los vecinos) y las casas.
¿Cuál es su finalidad? Además de esa función de «cierre», sería estrictamente vecinal. Pero para eso no hace falta un vial de gran capacidad. Habría que ver incluso si es necesaria la vía, aunque sea en forma de boulevard, como en su día propuso el PSN.
Pero si se observa el mapa de Pamplona, se ve claramente que forma parte de un eje, parcialmente construido ya, que iría desde la variante de Burlada hacia San Jorge, San Juan o Landaben, pasando por El Vergel y el puente de las Oblatas, por lo que es susceptible de recoger elevados flujos de tráfico. El proyecto presentado es parcial, esto es, se ignora (quizá deliberadamente) el resto del trazado, de forma que terminaría a la altura del puente de la Txantrea en una vía de un carril en cada sentido, generándose un estrangulamiento, sobre todo para el tráfico que fuera en dirección al puente de El Vergel.
Es de prever, pues, que la siguiente actuación a proponer sería la continuación del vial hasta dicho puente, seguramente con un cambio de trazado respecto de la actual calle del Vergel (sinuosa y necesitada de intervenciones para convertirla no en un vial, sino en una vía urbana transitable en condiciones adecuadas por peatones). De modificarse el trazado, se invadiría, para colmo, una zona de alto valor ambiental y paisajístico destinada a actuar como pulmón verde de la ciudad (el meandro de Aranzadi), afectando probablemente al centro de educación especial y la residencia para la tercera edad allí localizados. Además, se crearía una nueva barrera entre San Pedro-Txantrea y las murallas (y por tanto el centro de la ciudad), que se verían igualmente agredidas. Por supuesto, el tráfico generado por el vial alcanzaría también a la Rotxapea (calle Río Arga hasta el puente de las Oblatas), una vía que también discurre entre las casas y una zona verde (el parque fluvial), con los riesgos que conlleva.
Sin olvidar que el proyecto afecta a una zona, el meandro de la Magdalena, cuyo uso y diseño final ha de ser cuidadosamente planeado, delimitándose la edificabilidad y preservándola como zona verde y de esparcimiento de alta calidad. No hay que descartar que todo esto no sea más que el primer movimiento para su urbanización completa, lo que constituiría una mala noticia.
En suma, la esencia del asunto es que se construye una vía de gran capacidad para conectar dos extremos del área urbana, atravesando el centro de la misma y afectando a zonas verdes de gran valor (Magdalena, Irubide, Aranzadi). Una barbaridad atendiendo a los cánones admitidos sobre diseño urbano, movilidad y sostenibilidad y que se agudiza en el caso de Pamplona, como ya ha reconocido la propia Mancomunidad, donde una política salvaje de aparcamientos en el centro y de fomento de la movilidad en vehiculo privado ha colapsado amplias zonas de la ciudad y genera enormes costes ambientales y para la calidad de vida de la población.
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04 enero 2008
Milagros, mentiras y privilegios
Una de dos, o la jerarquía eclesiástica y sus adláteres (neocatecumenales o Foro de la Familia, por ejemplo) son mentirosos contumaces o son capaces de repetir hasta la náusea el milagro de los panes y los peces. Porque es demasiada casualidad que cuando la Conferencia Episcopal alienta directa o indirectamente una manifestación, las cifras que surgen del proceso de razonamiento y la aplicación de técnicas de cálculo convencionales difieren sustancialmente de las que ofrecen los organizadores. Y si no, veamos.
Manifestación del 18 de junio de 2005. La imagen de Rouco con gorra de béisbol y gafas negras, ejerciendo de capo di tutti capi entre otros obispos de parecida guisa es imborrable. Pero más allá de la anécdota, los organizadores de la manifa dieron una cifra de 1.500.000 participantes. El cálculo del periódico El País, que puede calificarse de generoso puesto que se basaba en una ocupación de cuatro personas por metro cuadrado, estimaba la asistencia en 180.000 personas. El factor de multiplicación es, pues, de 8,33.
Manifestación del 30 de diciembre de 2007. Conmovedor e iluminador llamamiento de Rouco y García-Gasco en favor de la democracia y los derechos humanos. Hasta dónde llegará nuestra ignorancia que desconocíamos que ampliando derechos y libertades de los individuos se pone en peligro la misma democracia. Hay que decir en nuestro descargo que si san Agustín no pudo con lo de la Santísima Trinidad, ¿cómo vamos a poder nosotros, ignaros mortales, con semejante misterio? Pero vayamos a lo que interesa. La organización proporciona una cifra de 2.000.000 de asistentes. El periódico El País, aplicando una ocupación media por metro cuadrado de dos o tres personas, según zonas, obtiene un total de algo menos de 160.000 manifestantes. He de decir que no tengo una devoción especial por ese periódico, pero suele ser riguroso y certero en estos cálculos y, además, proporciona el método utilizado. A mayor abundamiento, es sintomático que en este caso la Comunidad de Madrid, fuente audaz, poco comedida y muy proclive al falseamiento de datos, no ha ofrecido ninguna estimación. El factor de multiplicación es de 12,5.
¿Qué pasa con el original, esto es, la multiplicación de los panes y los peces? Con ligeras variaciones, aparece narrado en los evangelios de san Marcos (6, 1-15) y san Juan (6, 30-46) (san Marcos vuelve a narrar un episodio similar unos capítulos más adelante, seguramente por despiste). Es el caso que con cinco panes y dos peces se dio de comer a una muchedumbre de 5.000 hombres. Y digo hombres porque no queda claro si sólo había hombres, si sólo se dio de comer a los hombres o si sólo se cuentan los hombres porque el resto (presumiblemente mujeres y niños) no es digno de consideración. Por no hacer cálculos complicados y tener que asignar ponderaciones a panes y peces, se puede admitir que, en una tesitura como la que había, con cinco panes y dos peces podían comer entre tres y cinco personas (en aquella época la dieta mediterránea consistía en cereales y vino). Esto significa un factor de multiplicación de 1.250, muy lejos, pues, de los émulos actuales.
Ciertamente, son posibles algunas correcciones sobre las estimaciones basadas en la ocupación del suelo. Por ejemplo, téngase en cuenta que en las dos manifestaciones había un buen puñado de asistentes que eran menores y que, por tanto, estaban haciendo bulto pero no asistían libremente. Dadas las características del colectivo al que se dirigían las convocatorias, cabe suponer que la proporción de menores es mayor que en un colectivo representativo de la población. Quedémonos con los que tienen menos de 16 años, que representan el 16 por ciento de la población española. Supongamos, pues, que en estas manifestaciones los menores de 16 años son el 20 por ciento. Añadamos a ello que los niños, pese a tener menos volumen, ocupan más espacio, ya sea por sus naturales necesidades de movilidad, ya sea porque van en carritos. Por no ser drásticos, rebajaremos los cálculos en una persona por metro cuadrado en ambas manifestaciones, salvo en la del pasado día 30 en las zonas de la calle de Génova, Castellana y Recoletos, donde se mantienen las dos personas por metro cuadrado de la estimación inicial. Con esta corrección, quedarían 135.000 asistentes en 2005 y 137.000 en la del día 30. Descontando los menores de 16 años, da un total de 108.000 y 110.000, lo que eleva el factor de multiplicación a, respectivamente, 13,90 y 18,18, todavía muy lejos del original.
Aún sería posible algún perfeccionamiento más sutil. Por ejemplo, ¿cabe contabilizar como asistentes a una manifestación en favor de la familia a personas que están retiradas de la vida familiar convencional y alimentan formas «familiares» peculiares, alejadas del estándar católico y de tipo cuasimilitar, con voto de obediencia y sometimiento disciplinario incluidos? Me refiero, claro está, a tantos clérigos como se veían en las dos manifestaciones. Pero la exclusión de ese colectivo tampoco va a mejorar tanto el resultado.
La conclusión más pertinente es, creo yo, que una mentira tan gorda no puede justificarse por el cándido afán de emular al Maestro (se quedan muy lejos de su proeza), sino por la pura ambición de engañar, siguiendo a otro maestro, el que decía que una mentira repetida muchas veces se convierte en una verdad.
Y un tema de reflexión. Ambas manifestaciones han tenido lugar para pedir la reducción de derechos (y eso es discriminación, no precisamente positiva) a personas concretas. Y a pesar de eso, siguen recibiendo cuantiosos fondos públicos (no se olvide que la dichosa crucecita de la declaración del IRPF es, exclusivamente, para los sueldos de curas y obispos). No hace mucho han propugnado el incumplimiento de la ley por funcionarios y ciudadanos ¿Qué pasaría si cualquier otro colectivo hiciera lo mismo? A qué espera Garzón para abrir un procedimiento de ilegalización de la Iglesia católica, meter en chirona a Rouco y sus secuaces e incautar los bienes eclesiásticos? ¿O es que las exigencias no son iguales para todos? ¿Va a resultar cierto que quienes forman el clero católico son ciudadanos superiores a los demás?
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30 diciembre 2007
La Iglesia católica o el imperio del mal
La jerarquía eclesiástica está que se sale. Uno ya no sabe si es puro afán de notoriedad o, simplemente, que a un colectivo tan provecto como protervo se le va la olla y, en el desquicio, aflora lo mejor de un pensamiento cultivado desde siempre y atesorado con mimo en los años en que tanta barbaridad no parecía estar de moda. De la inmensidad del anecdotario con que nos suelen regalar los oídos y las meninges, hay dos perlas recientes que merecen alguna consideración.
La primera, como no podía ser de otro modo, se debe a ese prodigio intelectual, a medio camino entre la antropología, la psiquiatría y la prospectiva social, con que la Iglesia ha tenido a bien honrar a los tinerfeños, a cuantos por aquella diócesis se acercan y, gracias a la tecnología, a los que consumíamos nuestra existencia ignorantes de que tan ubérrimas tierras esconden semejante dechado. El curita ha resuelto de un plumazo el gran problema de la Iglesia católica, integrada en sus niveles superiores por un colectivo —el clero— particularmente proclive (abruma la rotundidad de los datos) a la pederastia.
Los homosexuales «del siglo», esto es, los laicos, son unos enfermos que siempre pueden contar con la caridad de la Iglesia en el afán por salvar sus almas. Algo hay de morboso (tal vez inquietante) en esa obsesión por abrir amorosamente los brazos (¿serán sólo los brazos?) al colectivo gay. Pero con la clerigalla es otra historia, porque son los niños (qué malvados, y eso que Jesús les concedió el reino de los cielos... ¡uy!) los que provocan y los pobres sacerdotes sólo son culpables del pecado (pecadillo, tampoco hay que dramatizar) de flaqueza. Así que en la Iglesia no hay homosexuales sino pobres víctimas de los manejos de pérfidos niños. De paso, los ingenuos pederastas ya saben a qué (a quién) se debe su desgracia.
No se trata ya de que, como tan a menudo ocurre, la Iglesia —un representante cualificado— ignore o desprecie a las víctimas. Es más grave aún, porque en este caso culpa a las víctimas de su propia desgracia y hace buenos a los verdugos. El argumento tampoco es nuevo. Que se lo digan a tantas mujeres violadas a las que encima se reprende porque es que van provocando, a los parados que lo están por vagos o a los países pobres que lo son por carecer de ética del trabajo...
Las segunda perla no es, alegrémonos por ello, del mismo calado social, aunque también lo tiene conceptual, doctrinal y político. Y es que el obispo de Valencia, Agustín García-Gasco ha afirmado que el laicismo es un fraude y que nos dirigimos, gracias al aborto, al divorcio exprés y a ideologías manipuladoras de los jóvenes, a la mismísima «disolución de la democracia». Ahí es nada. Sorprende, para empezar, que la palabra «democracia» surja en un discurso episcopal sin pretender condenarla o alertar sobre sus degeneraciones sino, por el contrario, para quejarse de su desaparición. Algo no está bien. El argumento es tramposo y deshonesto de principio a fin. Para empezar, es la propia Iglesia la que ha generado y puesto en circulación toda una teorización del laicismo que es la que conviene a sus intereses: el laicismo, como el pecado, sólo existe en las calenturientas mentes de los ideólogos eclesiásticos. En segundo lugar, no se me alcanza cómo la resolución de problemas sociales mediante la ampliación de derechos puedan terminar con un sistema cuya esencia debería ser, precisamente, obtener el máximo espacio de libertad. En tercer lugar, sólo la Iglesia, por una patente autoconcedida, no manipula: millones de damnificados por los colegios de la Iglesia lo atestiguan. Lo que hay detrás de todo esto es miedo. Miedo a la pérdida de influencia y de poder político y económico. Y en coherencia con su historia, la única salida que se le ocurre a la Iglesia es trasladar al Código Penal sus peculiares concepciones de la vida y la moral. Su «democracia» es un régimen opresivo y vigilado en el que sólo es realmente libre la Iglesia. Ahí está el Estado de la Ciudad del Vaticano: obras son amores...
Deberíamos estar ya hechos al disparate. Pero hay que reconocer a Rouco y sus demoníacos secuaces la capacidad para sorprender una y otra vez (¿no serán ellos las huestes del Anticristo? Se echa de menos la autorizada opinión de Iker Jiménez). El portavoz de la Conferencia Episcopal, Martínez Camino, llegó a afirmar (según recogió la prensa) que «el matrimonio homosexual es la cosa más terrible que ha ocurrido en veinte siglos». Nada más y nada menos. No las guerras, las matanzas, el desprecio a los derechos humanos, la opresión de unas personas (las más) por otras (las menos), la sistemática discriminación de la mitad de la humanidad (las mujeres) en nombre de principios «sagrados» y un largo etcétera en el que la Iglesia ha tenido mucho que ver (véase, sólo como muestra, Colosenses, 3, 18-19). No, lo peor ha sido que se reconozca la igualdad civil de un colectivo de ciudadanos. Habrá que pensar que la verdadera desgracia en estos veinte siglos ha sido que a un emperador romano se le ocurriera crear una estructura para dominar mejor su imperio y pusiera en marcha ese mecanismo infernal mejor conocido como Iglesia católica.
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19 diciembre 2007
Juan Pablo II y el callejero
Mientras se dibuja ya en Pamplona el trazado de lo que será —en las estrechas lindes del término municipal— el último ensanche, por agotamiento del suelo disponible, grandes carteles proclaman la magnitud de la obra junto a la denominación de la principal vía que se va a abrir: avenida de Juan Pablo II. Funcionarios municipales se han ocupado, también, de colocar la placa en lo que será el inicio de la nueva calle.
La decisión de denominar así la vía la tomó la alcaldesa Barcina en un malhadado pronto, quizá llevada por la emoción del óbito papal, quizá por pura solidaridad ideológica reaccionaria, tal vez persiguiendo crear una situación irreversible. Haciendo memoria, el lamentable espectáculo —por más que a los apologistas del dolor y del sacrificio les parezca edificante y digno de imitación— de la decadencia física, agonía, muerte y velatorio de Karol Wojtyla siguió magistralmente las pautas marcadas por el propio papa y la dirección de la Iglesia católica desde el comienzo mismo del reinado. En este sentido, lo sucedido tras el fallecimiento mostró que el manejo de los tiempos, de la imagen y de los efectos especiales no era sólo una habilidad personal —innata o aprendida— del papa difunto, sino que impregnaba e impregna —seguramente por el magisterio de aquél, aunque ahora con matices— todo el quehacer eclesiástico.
De Juan Pablo II se dijo que era el papa más aclamado de la historia pero el menos obedecido. Desde luego, puede decirse que a su muerte dejaba una Iglesia más influyente en lo político y menos en lo espiritual. Cultivó con un esmero ribeteado más de soberbia que de humildad cristiana a los poderosos de la Tierra. Fue muy amigo del mesurado Reagan y ávido consumidor —si no generador— de información de la CIA. Parecía experimentar por los dictadores esa fascinación que a menudo sienten hacia sus símiles las gentes de talante autoritario. Pese a los juicios precipitados tributarios de la emoción del momento, hoy la Iglesia está de capa caída y continuará así, dado que el actual pontífice católico es un esencialista que parece preferir una Iglesia corta pero convencida a otra extensa pero mas diluida en sus principios, no necesariamente «cristianos». Por supuesto, como ocurre siempre que desaparece algún líder carismático (venga de donde venga el carisma), abundaron las muestras de dolor y las proclamaciones de santidad. Hasta de Franco se decían cosas así en los días siguientes a su muerte. La globalización acentúa y multiplica esos efectos. Pero la composición del santoral es cosa de la Iglesia y allá ella y sus criterios de calidad.
Otra cosa es que, al calor de un acontecimiento de indudable magnitud y repercusión, se intente ganar unos miserables puntitos entronizándolo en el callejero. Sin entrar en la conveniencia o no de asignar nombres propios a las calles —al menos recientes o poco «reposados»—, estamos hablando de un líder religioso y político a un tiempo, cuya actuación, con implicaciones para personas y grupos sociales, es difícil de asignar con nitidez a uno u otro campo. Así, el Estado de la Ciudad del Vaticano es una monarquía absoluta que no reconoce derechos básicos como la igualdad de sexos o la libertad religiosa y discrimina a las personas por ambos conceptos. Es costumbre criticar con dureza visitas de Estado a países con regímenes discutidos. Cuba es un buen ejemplo. Venezuela también está ahora en el candelero. Sin embargo, no se dice lo mismo de las visitas de alto nivel al Vaticano para bailar el agua a cardenales ultramontanos con motivo de beatificaciones de claro contenido político reaccionario.
¿Qué decir de la política de Juan Pablo II hacia las mujeres? No sólo fue contumaz en negarles la igualdad con los varones, con argumentos circunstanciales y nada teológicos (si Jesús de Nazaret hubiera querido que las mujeres fuesen sacerdotes, decía, habría designado alguna para su selecto grupo de apóstoles). Su aliento a posiciones intransigentes en el tema de los anticonceptivos le hace cómplice de la negación a tantas y tantas adolescentes de países pobres de derechos fundamentales, como consecuencia del matrimonio en la infancia y la maternidad precoz. Como muestra, la actitud de las delegaciones vaticanas en conferencias sobre población o sobre la mujer, que sólo con mucha bondad cabe calificar de irresponsable. Cierto que Juan Pablo II no inventó esa política, pero la llevó al extremo con una intransigencia inaudita. Ahí quedan sus críticas al gobierno de Zapatero y las presiones ejercidas con el fin de evitar el reconocimiento de derechos y la propia igualdad ante la ley (no ante Dios: el Dios de los católicos puede ser todo lo sectario que estime oportuno en su omnisciencia) a determinados ciudadanos. Incluso el apoyo a la actuación de Rouco y sus secuaces y su maridaje con el gobierno del PP terminó con la imposición de obligaciones a los no católicos, mediante la legislación educativa, sólo para que los católicos puedan ser adoctrinados a cuenta del erario público. Por no hablar de la delirante incursión papal en la planificación hidrológica (es de suponer que no hablaba ex catedra; de lo contrario, habrá que concluir que al Espíritu Santo no le preocupa la sostenibilidad ambiental: que consulte con Al Gore.
Con esos mimbres parece más que discutible la decisión de asignarle una calle, salvo que se apliquen criterios sectarios en el callejero, como ya ocurriera en otro tiempo y sin que en muchos casos —como en Pamplona— se haya hecho más que una limpieza somera, subsistiendo una buena porción de individuos y símbolos fascistas (ya veremos qué consigue la alicorta ley de la memoria histórica, abortada en sus mismos inicios por el propio Zapatero). Buena prueba de ello es la abundancia de calles dedicadas precisamente a otro papa, Pío XII, debido sobre todo a su apoyo ideológico e institucional al franquismo. Felicitó a Franco por su victoria (calificada de «católica») y equiparó los principios del dictador con los de la Iglesia, considerando el Estado franquista como «sociedad perfecta». Juan Pablo II es una personalidad controvertida incluso entre los católicos y cuenta con demasiados ángulos oscuros en su personalidad y biografía como para hacer mucho ruido honrándole, por más que hoy sea seguramente el principal negocio de la Iglesia católica.
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06 diciembre 2007
Decoración navideña en Barcinópolis
Barcina, ya saben, la señora del gris, de la especulación, de los grandes negocios de empresas privadas (privatización de beneficios, socialización de pérdidas), de la depauperación del pequeño comercio en favor de las grandes superficies, del autoritarismo, de la incapacidad para el diálogo y la agresión permanente y enfermiza (por lo obsesiva) al euskera, ha dado una muestra más de su talante. Esta vez ha sido con la decoración navideña. Para empezar, es discutible que tal cosa se siga haciendo en los tiempos que corren, y no por motivos estéticos o religiosos —que darían para otro debate— sino éticos y ambientales. Es difícilmente comprensible que el Ayuntamiento de Pamplona se una al apagón promovido por ONGs contra el cambio climático y, al mismo tiempo, inunde las calles de luces navideñas, por más que sean de bajo consumo y sólo corra parcialmente con los gastos. Pero hace tiempo que Barcina se dedica, no a gobernar la ciudad, sino a hacer gestos para la galería, poniendo hoy una vela a un santo y mañana a otro, si de quedar bien se trata y siempre que haya cemento de por medio.
Pues bien, ni siquiera el mito navideño de la paz, la armonía y los buenos deseos son capaces de doblegar a la inflexible y férrea Barcina que da buena cuenta de su carácter con esos sucedáneos de árboles que, a un coste exorbitante, ha instalado en Carlos III. Lucen enhiestos con regueros longitudinales de bombillas que de noche remarcan aún más su fálica apostura. El fraude continúa en los oropeles que revisten la arborescencia. Aquí y allá se desparraman simulacros de regalos en dorado envoltorio, lazos, bolas, en suma, la parafernalia navideña al uso.
Pero la sorpresa surge en los bajos del artefacto (que suele ser, sobre todo en el caso de la gente menuda, lo primero que se ve). Si uno se quiere acercar a apreciar el primor de la obra, se tropieza con una reja de pretencioso diseño, muro metálico que aleja el objeto del espectador, enfría los ánimos y ofende la sensibilidad. La omnisciente y ubicua Barcina deja bien claro lo mucho que podría ofrecer, si no fuera porque la ignorancia y el afán depredador de una ciudadanía poco propensa a entender y apreciar sus desvelos le obligan a mantenerlo fuera de su alcance. Como a un niño al que se muestra un pastel que no va a probar porque se lo comerán los adultos cuando él no esté presente. Despotismo de sedicente ilustración, pasado por el tamiz del aldeanismo casposo (pensamiento navarro, ya saben).
Y puestos a hablar de decoración navideña, hay que rendir público homenaje a la de las plazas circulares del Segundo Ensanche (Príncipe de Viana y Merindades). Para quien no la haya visto, consiste en unos postes visualmente agresivos que sostienen unas cuerdas de las que cuelgan lo que se supone que son luces, pero que asemejan —especialmente de día— andrajos puestos a secar al frío y escuálido sol invernal de Pamplona. Aunque, a decir verdad, lo más impresionante son las bolas de Barcina, exhibidas con tanta arrogancia como impudicia sobre felpudos de césped (algunas están colocadas con tanto acierto que diríanse partes (sensibles) cruelmente desgajadas de alguna escultura de Botero), quizá sólo con afán de combinar los colores municipales y forales; quizá, quién sabe, con añoranza del blanco que termine por dar cuerpo y solvencia al rojo y al verde...
Una cosa es cierta, Barcina es partidaria de la variedad y sorprende, además, la perspicacia con que se eligen los motivos. Quizá haya algo de revelación de pulsiones inconscientes en la selección. Y es que en la orgía de simulacros todavía queda uno que constituye una eficaz metáfora de Barcina, tal vez la mejor: se trata de las cajas desparramadas por la plaza del Castillo. Cajas grandes, rotundas, de apariencia impecable, con lazos rígidos, perfectamente simétricos, sin la menor arruga o desviación. Aquí no hay margen para la espontaneidad o la improvisación; nada hay fuera de lugar, se percibe un todo impasible y decididamente dispuesto a soportar cualesquiera embates, sean de la inclemente meteorología, sean de la natural curiosidad ciudadana, sean, incluso, de la juventud alegre y combativa. Pero bajo la brillante envoltura, el vacío, nada. Y de tal gobernante tal obra. Así es también la Pamplona de Barcina (y ahora, fruto de la ambición desmedida y de la falta de sentido de la oportunidad, de Torrens), Barcinópolis. Afortunadamente hay otras Pamplonas, diversas, ricas, plurales y coloristas, que sabrán emerger incluso de la vulgaridad oprobiosa de los adornos navideños.
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