Hoy ha saltado, por enésima vez desde el famoso Informe Abril, la cuestión del copago sanitario, que puede afectar tanto a la asistencia primaria y especializada (a una de ellas o a ambas; es lo que se denomina ticket moderador) como al gasto farmacéutico (en este caso ya existe un copago para personas en activo, pero no para pensionistas). Una vez más, las malas noticias sociales llegan en el peor momento y lo más ridículo de todo es que el Gobierno parece habérselo planteado como un modo de recaudar o reducir gastos, algo absurdo en temas como este. Por si pueden aportar algo al debate, ahí van algunas ideas apresuradamente hilvanadas al respecto.
26 mayo 2010
Sobre el copago sanitario
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17 mayo 2010
Vindicación de un acuerdo
En los últimos tiempos diríase que en Nafarroa Bai ha habido un empeño explícito y denodado en hacer las cosas de la peor forma posible. La situación en la CAV no ha sido ajena a todo ello. Como tampoco la obsesión casi enfermiza por vigilar y estar más pendiente del socio que del contrincante y dirimir las diferencias en la plaza pública y no precisamente con maneras corteses, intentando hacer pasar por transparencia el navajeo inclemente y muchas veces gratuito.
Asentado esto, he de decir que el acuerdo alcanzado por Aralar y Eusko Alkartasuna me parece positivo. Eso no significa sancionar y aprobar las formas y el procedimiento. Pero, en cualquier caso, es un paso necesario para asegurar la presencia de una alternativa de cambio político —pero también social y económico, que a veces se olvida— en Navarra.
Nafarroa Bai es lo que es; sigue siendo una coalición de partidos y querer ir más deprisa de lo que es razonablemente exigible a unas organizaciones que tienen su tempus, su inercia y su historia, no es la mejor estrategia. En un ejercicio de lo que podríamos denominar (en sentido no peyorativo) nabaizalismo ingenuo, se fija la vista en el objetivo último y se obvian los pasos intermedios, formulándose en ocasiones de forma expresa el deseo de que, incluso, desaparezcan los partidos en un indefinido totum revolutum. Pero el punto de partida, si no se quiere excluir a nadie, ha de ser el mínimo de los máximos a que se está dispuesto a llegar en cada una de las organizaciones que conforman la coalición. Se habla de procedimientos decimonónicos (los de los partidos) frente a supuestas posibilidades de las nuevas tecnologías en las que, sin una organización, mecanismos eficaces de identificación y procedimientos de adopción de acuerdos (¿otra vez el siglo XIX?) es imposible conseguir nada más que una difusa, y confusa, maraña de opiniones anónimas. Se habla de asambleas, de encuentros abiertos; abiertos ¿a quién? Para decidir, ¿qué? ¿Quién establece los criterios? Si no nos gustan, ¿dejan de ser legítimos?
La definición organizativa es inseparable de la reflexión sobre qué se pretende con Nafarroa Bai y cuál es su identidad. ¿Se pretende únicamente, como a veces parece intuirse, echar a UPN del Gobierno? ¿Y después, qué? Porque sería triste que, conseguido eso, termináramos pensando que contra UPN estábamos mejor. ¿Es Nafarroa Bai de derechas, de izquierdas, progresista, de centro izquierda, socialdemócrata, una combinación lineal ponderada de sus sensibilidades o una combinación lineal sin ponderar (paritaria)? Claro que, como estos conceptos son decimonónicos, igual no son relevantes. ¿Qué significa pluralidad? ¿Basta con enunciar una idea para que sea automáticamente acogida? Eso nos llevaría muy lejos y es un camino que no me gustaría recorrer: los movimientos nacionales me ponen de punta mis ya escasos pelos.
Todo el mundo se siente propietario de los 80.000 votos de Nafarroa Bai, ignorando la abrumadora evidencia de la falta de relación entre militantes o simpatizantes, por un lado, y votantes por otro. No hay una Nafarroa Bai, hay muchas, una en los ojos de cada observador, de cada observadora. Eso sí, la sociedad parece situarla claramente a la izquierda. Cuando estamos sumidos en una crisis sistémica en la que, una vez más, el estado de bienestar, la justicia social y el medio ambiente están saliendo trasquilados, cuando la socialdemocracia se enfrenta a la evidencia palmaria de un fracaso de dimensiones históricas, cuando las recetas de la derecha dan miedo ¿basta con respuestas tibias para contentar a todos o hay que definir claramente una alternativa? Evidentemente, habrá quien no comparta el diagnóstico; debatamos, pues, y seamos consecuentes con las conclusiones que del mismo se deriven.
Son cuestiones que me parecen de calado y no se responden con vaguedades voluntaristas. Por eso me parece positivo el acuerdo Aralar-EA, porque es un primer paso para avanzar en la dirección que considero adecuada. Formas aparte, insisto, los documentos en que se basa el acuerdo me parecen moderados y razonables, no maximalistas, por lo que no cabe deducir afanes exclusivistas o excluyentes. Constituyen un buen punto de partida para construir ese espacio común que todos decimos desear.
Las grandes ideas hay que edificarlas paso a paso. Durante mucho tiempo hubo una pintada en una calle tudelana que decía: pedir libertad es hacer cadenas; romper las cadenas es hacer la libertad. Entre la utopía totalitaria y el pragmatismo a ultranza, reivindico el realismo: puede que esté devaluado como concepto, pero teniendo claro a dónde se quiere llegar, es la mejor manera de conseguirlo. Como diría Carroll, siempre llegarás a alguna parte si caminas lo bastante. Pero no se trata de llegar a alguna parte, sino a una parte. Lo que queda es definir cuál es.
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11 mayo 2010
Paraísos fiscales, paranoias riojanas y lógica económica
El pasado 26 de abril el presidente del Gobierno de La Rioja presentó un recurso de inconstitucionalidad contra la ley que equipara las normas fiscales de las diputaciones forales a las leyes ordinarias, el mal llamado blindaje del Concierto vasco. Hay razones jurídicas de peso para ello, pero molesta al Partido Popular y molesta a las Comunidades Autónomas vecinas, especialmente La Rioja y Castilla y León.
Pero más allá de la refriega jurídica, las razones económicas que se aducen son tan toscas y de tan escaso fuste teórico que difícilmente encubren el motivo real del recurso, cual es obstaculizar, cuando no frenar, el ejercicio de las competencias fiscales por parte de las diputaciones forales. Y seguramente les gustaría poder hacer lo mismo con las normas fiscales navarras: menos mal que está el lehendakari Sanz para, con su permanente trabajo de zapa de la autonomía navarra, no dar que hablar.
En la presentación del recurso de inconstitucionalidad acompañó al presidente Sanz (el de La Rioja) una corte de agentes sociales, entre los que estaba Julián Doménech, presidente de la FER (la patronal riojana), quien declaró que «no queremos que España tenga paraísos fiscales a tres kilómetros de nuestras fronteras. Es indigno». Sería conveniente que este señor revisara los elementos definitorios de un paraíso fiscal (tax haven; véanse, por ejemplo, los de la OCDE en su página web), porque los regímenes fiscales forales no se ajustan en absoluto a tales criterios. Paraísos fiscales de verdad son las SICAV o esas rentas (fundamentalmente empresariales) cuyo tipo impositivo es nulo porque se mueven en el viscoso e insolidario limbo de la ocultación y el fraude fiscal.
¿Por qué se insiste en la idea de los paraísos fiscales? Para empezar, seguramente porque es un término efectista y con connotaciones negativas para la opinión pública. Pero también porque es el arranque del nudo argumental contra la autonomía fiscal vasca: la existencia del paraíso fiscal vasco o, al menos, de un tratamiento fiscal mucho más favorable para las empresas, conduce, se dice, a la deslocalización de actividades hacia los territorios forales. Que el argumento sea débil e inconsistente importa poco en política, cuando de lo que se trata es de inundar de demagogia los medios, descalificar al contrario y procurar el perjuicio ajeno aunque ello ni siquiera suponga réditos propios.
El concepto de deslocalización es resbaladizo y difícil de concretar. En la acepción más admitida hace referencia a decisiones de las empresas, normalmente multinacionales, de desplazar su actividad hacia determinados países, principalmente por sus menores costes del trabajo, pero también por la mayor laxitud en materia laboral o ambiental. No obstante, cuando el Gobierno de La Rioja se refiere a la deslocalización, la achaca a una causa que no suele ser contemplada en los estudios al uso, como es la fiscal. Pero este motivo no se sostiene empíricamente. Como no hay datos desagregados, recurriremos a los de la industria española. El resultado del ejercicio (beneficios o pérdidas) se ha movido en los últimos años (eliminando 2008 por la crisis) entre el 4,5 y el 5,5% de los gastos de explotación. Aunque el tipo del Impuesto sobre Sociedades se aplicara íntegramente sobre esa cuantía en La Rioja y fuera cero en la Comunidad Vasca, el ahorro se quedaría en apenas el 1,75% de los gastos totales. Pero las tan denostadas vacaciones fiscales suponían rebajar el tipo impositivo del 35 al 32,5%: es decir, las empresas se podrían ahorrar, en el mejor de los casos, el 0,125% de sus gastos totales. Para ese viaje no hacen falta tales alforjas, cargadas de demagogia y populismo.
Y si el razonamiento puramente pecuniario no avala lo que el Gobierno y los agentes sociales riojanos (ahí están UGT y CCOO con su guerra permanente contra la autonomía fiscal vasca y navarra) se empecinan en manifestar, tampoco lo hace el económico. Una de las constantes en la evolución de la localización de actividades económicas es su difusión desde los centros en que se originan. Estas tendencias centrífugas obedecen a diferentes causas, como la madurez tecnológica o de los procesos productivos, la búsqueda de menores costes laborales o, simplemente, de espacio. Tales procesos no son uniformes sino selectivos, tanto en cuanto a las actividades que se desplazan como respecto a las localizaciones de destino. Esto es aplicable a la industria guipuzcoana y vizcaína, que se va a expandir inicialmente hacia Navarra y Álava y, posteriormente, hacia otras áreas limítrofes de Castilla y León y La Rioja.
Por tanto, no sólo no es cierto que el régimen fiscal vasco perjudique a La Rioja y genere deslocalizaciones, sino que, por el contrario, el tejido industrial riojano se debe, en gran medida, a la proximidad de la región al núcleo vasco. De hecho, a pesar de las bravatas, no se han proporcionado datos de deslocalización, no porque no existan, sino porque dicen otra cosa. Lo mismo ocurre en Castilla y León. La revista Castilla y León Económica publicó en su número 113 (octubre 2005) un artículo sobre «la deslocalización en las regiones españolas». Según el mismo, el País Vasco está en segundo lugar como origen de las empresas que llegan a la región: «aquí viene la gran sorpresa», dice la revista, «lo que evidencia el escaso éxito de las vacaciones fiscales vascas», para concluir que, «en la decisión de los emprendedores pueden más otros factores, como la paz social y la estabilidad política»: manipulación aparte, ¿en qué quedamos? Para colmo, del citado estudio se desprende que el primer destino de las empresas que se marchan de la región es Madrid (uyuyuy).
La deslocalización de actividades afecta fundamentalmente a áreas industriales. Y entre 2000 y 2004 la única Comunidad Autónoma española que incrementa claramente el empleo en sectores afectados por la deslocalización (sobre todo en textil) es La Rioja. Este resultado debería hacer meditar a los gobernantes riojanos sobre la política industrial que están llevando a cabo y la calidad del tejido económico que están suscitando, esto es, asumir sus responsabilidades, en lugar de preocuparse de lo que hace el prójimo y malgastar su tiempo en oscuras maniobras políticas.
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24 abril 2010
Banca Cívica: ¿operación incívica?
Las negociaciones sobre la formación de lo que se va a denominar Banca Cívica van a buen ritmo y, se dice, el Banco de España ve con buenos ojos la operación. Quizá el Banco de España sepa de qué va el asunto, pero si nos hemos de guiar por la información transmitida, trabajadores incluidos, todo es bastante oscuro. (El Consejo General de Caja Navarra aprobó por unanimidad la integración en Banca Cívica. De los sindicatos del régimen y el PSN cabe esperar bien poco. Pero el apoyo de IUN es incomprensible e ¿inexplicable?).
¿Qué significa que el Banco de España considere positiva la operación? Mucho o casi nada, según se mire. El Banco de España se enfrenta a la patata caliente de unas cajas que han asumido un elevado riesgo en los años del boom inmobiliario y se encuentran ahora, entre otros problemas, con una morosidad en rápido crecimiento. Y a pesar de lo que se ha repetido con insistencia, la responsabilidad del Banco de España en el actual estado de cosas, fundamentalmente por omisión, no es pequeña. Una de las maneras de reducir la fragilidad del sistema es promediar riesgos mediante fusiones. También se pretende mejorar la solvencia incrementando el tamaño, cuestión sobre la que convendría reflexionar. Sorprende la inamovilidad de las concepciones, la rapidez con la que se vuelve a las ideas de siempre, como si no hubiera pasado nada y no estuviéramos inmersos en la mayor crisis financiera desde los años treinta. Por tanto, que una operación así esté bien para el Banco de España no quiere decir que sea buena para Caja Navarra (a expensas, claro, de quién defina lo que es bueno para Caja Navarra) y, mucho menos, para Navarra.
Es esta una primera acotación necesaria para centrar el tema en sus coordenadas, depurando un ruido que nada aporta pero que llega a utilizarse como cortina de humo o coartada para decisiones, insisto, insuficientemente explicadas. Así, hay una serie de aspectos en los que puede ser conveniente detenerse. La mencionada falta de información dificulta saber si se trata de elucubraciones sin fundamento o hay motivos reales para la reflexión (y la preocupación). Veamos.
¿Qué es exactamente ese ente denominado Banca Cívica? No está muy claro. Una caja no. ¿Un banco? Quizá. Inicialmente se dio a entender que sería una especie de puesta en común de determinados recursos con el fin de reducir costes y obtener sinergias. Algo así como una central de compras en versión financiera. Se le ha llegado a denominar fusión virtual o fusión fría. Pero ahora se habla ya de un Grupo Económico Consolidado (GEC). Si este GEC se configura finalmente como un banco, sería previsiblemente una sociedad anónima, lo que abre la puerta a la privatización de las cajas.
De las características del GEC se sabe poco, pero sí que tendrá su sede (servicios centrales de Banca Cívica) en Madrid. La importancia de este dato no es pequeña. Primero, porque, repitiendo lo que ya hizo UPN con EHN, supone llevar capacidad de decisión fuera de Navarra, perder capacidad de control sobre recursos fundamentalmente navarros. Y segundo, porque la expansión del grupo más allá de los territorios naturales de sus integrantes formará parte del GEC. Esto significa la progresiva dilución del Caja Navarra en el ente Banca Cívica. Hay un factor que contribuiría a acelerar esa dilución. En este momento Caja Navarra es la más grande del grupo. Pero, según algunas previsiones que se barajan, podrían incorporarse en el futuro cajas de mayor tamaño.
En la información facilitada, se dice que las cajas «mantendrán su personalidad jurídica, gestión de obra social, marca y gestión de redes comerciales en sus territorios naturales, manteniendo el arraigo local y compromiso con el desarrollo económico, social e institucional». Esto suena muy bien. Pero, se añade, «las políticas estratégica, financiera, comercial, de créditos y riesgos, internacional y de organización se fijarán desde una nueva sociedad, que actuará como una empresa de servicios financieros plenos». Si la estrategia y los aspectos fundamentales que definen la actividad financiera y bancaria se deciden de forma centralizada, ¿qué queda para cumplir ese compromiso con el territorio de origen? A este respecto, hay un detalle significativo. El acuerdo de integración en Banca Cívica de Caja Burgos contiene un mandato al director general de la entidad para intensificar los contactos con Caja Segovia y Caja de Ávila (y otras en el futuro) «coherentemente con la voluntad permanente de Caja de Burgos de reforzar el sistema financiero regional». Es decir, se trata de ganar peso en el grupo para poder inclinarlo en mayor grado hacia Castilla y León. Todos parten, pues, de que se va a perder contacto con el territorio de origen.
Un último aspecto que se presenta como emblemático y es muy discutible es que se pretende que la nueva entidad tenga como filosofía el concepto de banca cívica tan caro a los actuales dirigentes de Caja Navarra. Ciertamente el concepto ha tenido mucho éxito social y mediático. Pero no es más que una mercantilización abusiva de la obra social que, hay que recordar, constituye una obligación de las cajas. El uso de la obra social como instrumento de marketing lleva a su difuminación, a su distribución con criterios poco claros y a la infrafinanciación generalizada, dejándose además de lado proyectos significativos y relevantes que, por diversas razones, no son susceptibles de obtener apoyos. Es un modelo que tiene poco de cívico y mucho de demagógico o populista.
En suma, el ente Banca Cívica parece ser una fusión solapada, por la puerta de atrás, seguramente porque tanto el Gobierno de Navarra como Caja Navarra saben que es difícil argumentar la conveniencia económica y financiera para Navarra de la fusión y, previsiblemente, la opinión pública no lo entendería. El primer efecto, como ya he comentado, es la pérdida de capacidad de decisión (autonomía, por tanto), de la poca que va quedando ya en Navarra. Pero quizá el verdadero trasfondo esté más en la política que en la economía. Principalmente para evitar la que, a todas luces —salvo a las de Sanz, ferozmente distorsionadas por su antivasquismo fanático y visceral— sería, de ser necesaria alguna fusión, la operación organizativa, económica y financieramente más obvia: la fusión con las cajas vascas. Y, de rebote, se consigue un segundo objetivo político, que es diluir aún mas la personalidad de Navarra en España por la vía crematística, que a la postre suele ser la más segura (algo así pretendía hacer el PSE en la Comunidad Autónoma Vasca, fusionando cada caja con otras de fuera, pero parece haberse echado atrás).
Si el conde de Lerín hubiera sabido que cinco siglos después iba a tener un émulo tan eficaz, se habría ido mucho más satisfecho a la tumba. La sucesión lógica de los acontecimientos, como ya ocurriera hace quinientos años, es que los destinos de Navarra pasen a manos de algún funcionario de la corte castellana. Qué más da llamarla lehendakari, presidenta… o virreina.
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14 abril 2010
Sobre ciencia, patrañas y el espejismo de la «tradición»
Es obvio que la ciencia, o más bien el método científico, tiene lagunas y falla a la hora de proporcionar explicaciones completas e, incluso, convincentes, de muchos problemas de todo tipo a que se enfrenta el género humano, en parte porque lo que hace es no tanto afirmar como excluir hipótesis; en parte, también, porque está sometido a procedimientos rigurosos de formulación y contrastación de hipótesis. Pero eso no otorga de forma automática validez a otras supuestas formas (hay quien las llama «alternativas», en un intento de colocarlas al mismo nivel) de acceso al conocimiento. Y no se olvide que el método científico está estrechamente ligado en sus orígenes a la Ilustración, la igualdad de las personas y la democracia (obsérvese que todo eso pasa necesariamente por la separación Iglesia-Estado).
Pero siguen existiendo reflejos, tics, que nos llevan a concepciones mágicas, precientíficas, del mundo, mucho más arraigadas de lo que parece. La religión, en tanto que filosofía fosilizada —o quizá abortada— no es ajena a ello por más que, en algunos casos, se aprecie cierto afán modernizador, con las lógicas limitaciones de quien parte de la verdad revelada y, por tanto, del argumento de autoridad como razón última de las cosas.
Por ahora se cumple el cuarto centenario del célebre auto de fe de Logroño que mandó a la hoguera a parte del vecindario de Zugarramurdi. Si había lugar a tales ceremonias era porque brujos, brujas, inquisidores y el común de los mortales creían en la existencia física del diablo, en sus malas artes y en la magia (véase el delirante Malleus maleficarum, responsable de tantas atrocidades y crímenes «legales»). Abundando en ello, es muy recomendable la lectura del capítulo correspondiente de El señor inquisidor y otras vidas por oficio de Caro Baroja o La bruja y el capitán del maestro Sciascia.
Muchas de las cosas que se dicen hoy sobre medicinas alternativas tienen que ver con ese residuo de la visión mágica del mundo, que todo lo arregla con sortilegios en la forma que sea: danzas, brebajes, imposición de manos y hasta supuestas operaciones quirúrgicas sin instrumental y sin cicatrices. Muchas veces, además, se da por bueno lo antiguo por el mero hecho de serlo, sin tener en cuenta que puede consistir en «saberes» que no han pasado por un proceso de contrastación con garantías. El saber tradicional procede la mayoría de las veces por acumulación inconsistente de conocimientos a menudo obtenidos mediante formas groseras de inducción. Da risa oír a estas alturas a algunas personas defender, por ejemplo, el uso médico de las sanguijuelas apelando a esa supuesta «medicina» tradicional tan sabia y con tan sólidos fundamentos (es sabido que la mortalidad era en el siglo XVII, pongamos por caso, infinitamente menor que hoy o la esperanza de vida mucho mayor). Lo mismo cabe decir de la medicina tradicional china; puede que tenga algunas virtudes y proporcione algún conocimiento válido, no lo sé, pero compárese la situación sanitaria y demográfica de China a principios del siglo XX y hoy y sáquense conclusiones.
Eso sí, como signo de la modernidad, van surgiendo versiones sofisticadas de viejas creencias (que no teorías), como el «diseño inteligente», que pretende superar las evidentes limitaciones del mucho más tosco creacionismo envolviéndolo en una jerga supuestamente científica. O recurrir a no sé qué restos de fuerzas gravitatorias de moléculas inexistentes en los compuestos homeopáticos para justificar una eficacia que ni la ciencia ni la razón avalan. La argumentación exótica basada en ignotas propiedades de diseños y materiales en artilugios de toda laya y efectos casi milagrosos entra en esta categoría. Las mismas personas ávidas de milagros que no se cansaban en otro tiempo de ver apariciones del santoral católico, singularmente marianas, hoy son ufólogas que hacen de la existencia de vida en otras partes del Universo cuestión de creencia y de dogma. Y si la Virgen sólo se manifiesta a creyentes, son estos acólitos de la nueva fe los únicos llamados a presenciar las apariciones de las (salvíficas o no, en esto hay división de opiniones) naves espaciales.
Otra característica de muchas de estas patrañas, con la pretensión, seguramente, de dotarlas de verosimilitud y actualidad, es la apelación a informes de organismos científicos. Por ejemplo, hace años se habló mucho de un informe de la NASA sobre la Sábana Santa de Turín que demostraba, decían, la resurrección de Jesús. Tal informe concluía, en realidad, que no hay manera de asegurar que fuese el sudario de Jesús (así se lo atribuye la revista Goddard News —vol. 27, nº 16, 26 de mayo de 1980— de la NASA a uno de los miembros del equipo de investigación: «According to Lynn, there is no way to prove the Shroud of Turin is actually Christ’s burial cloth. The most anyone can do is chase information to improve the possibility that is»). A partir de ahí se han extraído unas consecuencias que no se derivan directamente del estudio, pero que pretenden legitimarse en él y obtener un marchamo científico. Que las marcas de la Síndone fueron causadas por radiaciones debe demostrarse. Que tales radiaciones tuvieron por causa una resurrección debe demostrarse. Que el resucitado es Jesús de Nazaret debe demostrarse. Sin embargo, se eliden todos esos pasos necesarios y se ligan directamente las marcas de la Síndone a la resurrección de Cristo, en lo que es un auténtico salto en el vacío con dosis considerables de manipulación (hay que decir que el propio Juan Pablo II se negó a dar ese salto y relativizó considerablemente en la misma catedral de Turín la validez de la Sábana; y, al parecer, tampoco le hizo gracia que fuera sometida a la prueba del Carbono 14, con los resultados ya conocidos).
En la literatura dedicada a la ufología hay abundantes referencias a informes de servicios secretos o militares sobre naves extraterrestres. Cuando tales informes existen, resultan que hablan de «objetos», «luces» y términos de similar tenor que pueden tener su origen en fenómenos meteorológicos, atmosféricos o artefactos humanos. Pero, una vez más, se da completa credibilidad a la fuente (lo cual es ya de por sí cuestionable) y se hacen cabriolas en el vacío para concluir que son ovnis (y puede que lo sean, pero en su acepción de objetos no identificados, no de naves extraterrestres). Un maestro de la manipulación en este campo (y en algún otro) es Iker Jiménez, cuyos programas resultan fascinantes, no por su contenido, sino por las tretas utilizadas para sacar conclusiones aventuradas que no se desprenden del razonamiento, construir silogismos falaces y, al mismo tiempo, dar imagen de equidistancia y neutralidad.
Hay dos ejemplos de razonamiento falaz sobre el que se construye una historia con pretensiones de verosimilitud que, por cercanía, me llaman la atención. En el Cusco (Perú) se venera un Cristo (de color negro y por la misma causa que es negro san Fermín) llamado Señor de los Temblores. La historia viene a decir que cuando la ciudad fue sacudida en 1650 por un violento terremoto, bastó sacar la imagen para que aquél cesara. También se le atribuye que las réplicas del terremoto no fueran devastadoras. Tanto milagro casa mal con la evidencia de que el de 1650 fue seguramente el peor terremoto que ha sufrido la ciudad del Cusco. Ítem más, un terremoto no dura eternamente. Es de suponer que para cuando alguien piensa en sacar al Cristo, se ponen manos a la obra y finalmente se ejecuta la acción hay tiempo para que se produzcan varios seísmos. Al final lo que se atribuye a la imagen milagrosa ¡es que no hubiera más destrucción de la que hubo! Sorprendente el bajo nivel de exigencia a la divinidad. Dicen las crónicas que el terremoto «duró lo que duran tres credos» y, al parecer, hubo más de 400 réplicas. Cuenta un texto periodístico de 1950 que, cuando en ese año se produjo otro terremoto igualmente devastador, una persona que se hallaba en la plaza de la Catedral espetó al Cristo: «Negrito, ¿por qué nos haces esto?».
En Pamplona, cada Jueves Santo el Ayuntamiento acude en Cuerpo de Ciudad (ay, la aconfesionalidad; ay, por dónde se pasa la Constitución tanto –y tanta— constitucionalista de boquilla pero franquista de corazón) para pasear en procesión un simulacro con la representación de cinco llagas rodeadas por una corona de espinas (ay, la casquería católica). El motivo es cumplir con un voto realizado en 1599 a cuenta de una peste que asolaba la ciudad. El causante fue un fraile que quizá no tenía peste pero andaría febril vaya usted a saber a causa de qué sustancia, bebedizo o ungüento. El caso es que después de una serie de rituales relacionados con las cinco llagas y la corona de espinas, la peste cesó repentinamente. Es comprensible que las gentes de la época, desbordadas por algo que escapaba a su comprensión y capacidad de acción, se refugiara en la religión, la magia o cualquier otro artilugio que le prometiera solución a sus males. Con ocasión de esa misma peste ya el Ayuntamiento había hecho voto, en nombre de la Ciudad, de no comer carne la víspera de san Fermín y san Sebastián (que no se entere Barcina o nos quita el chuletón del 6 de julio), así como levantar una ermita a san Roque y acudir en procesión a ella todos los años. El caso es que la peste, por entonces endémica en Europa, tenía episodios que desaparecían solos (y solían alcanzar su pico hacia la primavera). Al final, la agenda del Ayuntamiento de Pamplona la marcan, en parte, las visiones de un fraile alucinado; alucinante.
El problema no está en lo que se decía o pensaba en el siglo XVII, que era consecuencia de un estado de los conocimientos y de una visión del mundo acorde con aquéllos. Más aún, si hubiera aparecido alguien con antibióticos para la peste, seguramente habría acabado en la hoguera. El problema es que esas anécdotas se fosilizan y se transmiten tal cual, inmunes al paso del tiempo y a la evolución del conocimiento del mundo, hasta convertirse en verdad absoluta.
Por seguir un razonamiento del mismo tenor, me atrevo a proponer un remedio para el resfriado común que, aunque se antoje truculento, es de una gran eficacia. Consiste en amputarse un dedo. En un plazo no superior a siete días el resfriado se pasará. La única pega del remedio es que el margen disponible alcanza a veinte resfriados (evitaré en este punto chistes obvios y hasta zafios).
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07 abril 2010
Muchos planes y pocas nueces
Una vez más, el Gobierno de Zapatero vuelve por sus fueros y, perseverante en su vicio, anuncia una y otra vez las mismas medidas, como si fueran diferentes, seguramente para generar apariencia de actividad gubernamental cuando, en realidad, no es que no se haga nada, es que ni siquiera hay ideas. O quizá no hay margen, pero entonces habría que sincerarse y reconocerlo.
Hasta la fecha se han puesto en marcha, siempre con ruidosa profusión de anuncios y alharacas tres «planes» para hacer frente a la crisis económica. La medida estrella del primero de ellos, con soniquete de soborno electoral, fue la deducción de los 400 euros. El resto de aquel decreto poco tenía que ver con la situación de la economía. En el segundo destacaba la concesión de avales a PYMES y la previsión de ahorros en gasto corriente del Estado por valor de 250 millones de euros en dos años. El tercero, allá por agosto de 2008, se centró en la habilitación de 10.000 millones en dos años para la concesión de avales para VPO, ampliación de la partida de avales a PYMES, supresión del Impuesto sobre el Patrimonio y una serie de medidas peregrinas, al menos en lo que a su relación con la crisis respecta, pero publicitadas como si contuvieran el secreto de la piedra filosofal: pago de multas de tráfico por Internet, Ley de Creación del Consejo Estatal de Medios Audiovisuales o la obligada transposición de la Directiva Bolkestein.
Cabe recordar que la deducción de los 400 euros tuvo un efímero recorrido y que la vicepresidenta Salgado ya ha reconocido que la supresión del Impuesto sobre el Patrimonio fue un error (¿cómo iban a saber ellos que la crisis iba a adquirir ese cariz? Lo dice y se queda tan a gusto).
La última jugada es la propuesta de un pacto de Estado contra la crisis, para cuya gestación se buscó el palacio de Zurbano. Después de muchas idas, venidas, fotos, acuerdos y desacuerdos, finalmente sólo UPN apoya el pacto como tal. Un somero repaso al último texto disponible (a expensas de lo que finalmente apruebe el Consejo de Ministros) sugiere algunas consideraciones.
Los dos primeros grupos de medidas pretenden facilitar el funcionamiento empresarial, sobre todo de las PYMES, mejorando su acceso al crédito, flexibilizando algunas operaciones o incentivando la salida a mercados exteriores. Destaca la concesión de préstamos directos del ICO: puede ser un buen comienzo para plantearse seriamente la recuperación de la banca pública.
Otro grupo de medidas pretende impulsar la creación de empleo incentivando la rehabilitación de viviendas. Son medidas que cabe considerar sensatas, pero no por razones de estímulo económico, sino de diseño urbano, política de movilidad, reducción del derroche de recursos o sostenibilidad. Su eficacia estimuladora viene condicionada, a mi modo de ver, por dos consideraciones. La primera, que las familias están muy endeudadas y el acceso al crédito sigue restringido. La segunda, que al estallar la crisis una parte del sector se «sumergió», lo que previsiblemente mermará los efectos de una reducción del IVA. En cuanto a la propuesta de incrementar la financiación de VPO para venta, es perseverar en el error y empezar a crear las condiciones para un nuevo desastre.
El apartado de medidas «con el fin de impulsar el desarrollo de las infraestructuras de transporte, el transporte público y la movilidad sostenible» no contiene iniciativas de enjundia (lo que no quiere decir que sean rechazables) salvo una referencia vaga a un «Plan Extraordinario de Infraestructuras Sostenibles» que parece insistir en un enfoque más productivista que de sostenibilidad. Tampoco parece que las medidas de política turística ataquen los problemas estructurales del sector ni que vayan más allá de fomentar la desestacionalización del uso de la infraestructura existente. Y una política más agresiva en la materia (y ambientalmente cuidadosa) no carecería de interés, por ser un sector intensivo en trabajo.
En cuanto al sector público, el objetivo de austeridad y rigor en el gasto es de sentido común. Lo que sorprende es que, de repente, se vean tantas posibilidades de hacer economías a base de controlar mejor. La conclusión obvia es que hasta ahora se estaba derrochando conscientemente. Lo que no se explica, y es preocupante, es el encaje, en ese contexto, de las prestaciones sociales y la dependencia. Como también es de sentido común mejorar la eficiencia energética de los edificios públicos: ¿hay que esperar a que haya crisis para percatarse de ello?
Pero hay una medida que resulta particularmente llamativa, por lo absurdo de los términos en que se plantea, cual es la de «elevar el peso de la industria en el PIB acercándolo a la media europea». Para empezar, el peso de la industria era en 2007 del 17,5% del PIB, frente al 20,4% del área euro, con países como Francia (14,1%) o el Reino Unido (16,7) con porcentajes menores (en Alemania es del 26,4%). Además, hay notables diferencias entre las regiones europeas, dependiendo, entre otras cosas, de su nivel de renta. La pérdida de peso del sector industrial tiene que ver, no tanto con la pura desindustrialización, esto es, reducción del tejido industrial (ya sea por simple desaparición, ya por deslocalización), como con el mayor dinamismo relativo de otras actividades, singularmente las de servicios, y es inherente al carácter dinámico de los procesos económicos. Por tanto, buscar como objetivo de la política económica el aumento del peso del sector industrial, además de complicado de instrumentar, es absurdo en su misma concepción y puede llevar a resultados contraproducentes, como ocurre a menudo con las políticas poco selectivas. Otra cosa es que se busque el fomento de determinadas actividades industriales (alguna referencia hay en el documento) pero en ese caso estamos en otra situación y el resultado final puede implicar, o no, un aumento del peso del sector industrial.
En definitiva, nos encontramos con un conjunto de medidas en general bienintencionadas y, salvo algunas excepciones ya comentadas, sensatas y dignas de consideración e incluso de puesta en práctica. Pero no constituyen un plan para hacer frente a la crisis económica. En este aspecto estamos donde estábamos: un gobierno inoperante tratando de vender humo, como si la crisis se resolviera a golpe de ruedas de prensa. Pero los problemas estructurales que explican la amplitud y profundidad de la crisis siguen incólumes porque nadie los ha atacado.
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28 marzo 2010
El tránsito de EHN a Iberdrola: de la economía productiva a la especulativa
En octubre de 2004 se cerró un acuerdo en virtud del cual Acciona adquiría el 50% del capital de Energía Hidroeléctrica de Navarra (EHN) a Sodena (39,58%) y Caja Navarra (10,42%). De esta manera Acciona se convertía en propietario único de EHN, puesto que en 2003 ya había adquirido el otro 50% a Cementos Portland (21%), Sodena y Caja Navarra (17%), así como la autocartera generada tras la retirada de Iberdrola (12%). Acciona es un conglomerado diversificado que, en el momento de su entrada en EHN contaba con una potencia instalada en energía eólica de 138 megavatios, frente a los 573 megavatios de EHN.
La operación suscitó considerable polémica, por la justificación aducida y por el uso dado a los 307 millones de euros en plusvalías obtenidos por el Gobierno de Navarra, invertidos en Iberdrola en unas condiciones más que discutibles. De acuerdo con el informe de la Cámara de Comptos, la entrada en Iberdrola supuso en total 264 millones de euros, ya que a los 173 millones que costaron las acciones hay que sumar los casi 91 de la operación de aseguramiento que se suscribió con Caja Navarra. Curiosamente, en marzo de 2007 Sodena decidió no suscribir un nuevo seguro, «dada la situación del mercado así como de los valores correspondientes a Iberdrola»: profético. A 26 de marzo de 2010, esas acciones valían 227 millones de euros. Curiosamente también, Caja Navarra está omnipresente en todas estas operaciones, pero nunca arriesgando nada: en la relación entre el Gobierno y la Banca Cívica muchas veces es difícil saber quién está al servicio de quién.
Entre las razones para justificar la venta, se adujo que el mapa eólico de Navarra estaba completo o que el plan estratégico de EHN preveía unas inversiones de 2.000 millones de euros que el sector público navarro no podía asumir. Y, sobre ellas, la fundamental, la más esclarecedora: era, en palabras de Sanz, «positiva para los intereses generales de los navarros». Dejando aparte esta última, por vacía e inconsistente, las otras dos tampoco tienen demasiada enjundia y parecen más bien dictadas por la necesidad de decir algo: la primera porque EHN estaba ya experimentando una expansión que, en la medida en que podía permitir la adquisición de una dimensión adecuada para enfrentarse a las necesidades financieras que impone mantenerse tecnológicamente en puestos de cabeza, ha de ser considerada saludable; la segunda, porque el mencionado plan fue elaborado estando ya Acciona en EHN y, seguramente, atendiendo a sus intereses corporativos. Últimamente, para añadir el insulto a la injuria, se vuelve a oír hablar de ampliar o reabrir el mapa eólico.
No es raro que una empresa llegue a un punto en su existencia en el que se enfrente a la disyuntiva de dar el salto más allá de su mercado de origen (muchas veces regional o local) o desaparecer en el torbellino de la competencia internacional. Es, pues, una cuestión de pura supervivencia, que puede asegurarse, de tener éxito, por dos vías: el crecimiento a partir de los propios recursos o la integración en una empresa o grupo más grande, a menudo multinacional. El grupo cooperativo de Mondragón (con 4.000 empleos en Navarra) es un ejemplo de lo primero; la fuerte presencia de multinacionales en Navarra refleja, en parte, lo segundo. Que se opte por una u otra vía depende tanto de la idiosincrasia empresarial como del contexto, es decir, del sesgo de la política industrial y tecnológica (cuando existe).
Tradicionalmente las políticas de fomento han consistido en Navarra en la atracción de inversiones foráneas. Ello ha dado buenos resultados y ha permitido un crecimiento sostenido, con sus efectos ya conocidos sobre la renta y el empleo. A cambio, los centros de decisión están fuera, lo que se ve agravado por el hecho de que la mayoría de las plantas instaladas en Navarra forma parte de grupos multinacionales de diversa, pero siempre elevada, complejidad organizativa. Las decisiones, por tanto, se toman teniendo en cuenta el interés global del grupo, que no va a coincidir necesariamente con el de plantas individuales y, si hay algún sesgo, suele favorecer al lugar donde se ubica la sede social, normalmente su lugar de origen, donde también tienden a localizarse los centros y actividades de I+D. Habida cuenta de que una de las grandes debilidades de Navarra es la carencia de iniciativas empresariales, puede terminar, como consecuencia de este proceso, reducida a un área puramente manufacturera, con el riesgo consiguiente —esta vez sí— de deslocalización, porque los factores que han explicado el atractivo de Navarra para la inversión ni son permanentes ni son exclusivos.
La manera de sortear estos inconvenientes es suscitar actividad a partir del propio potencial y en actividades tecnológicamente avanzadas, ya procedan las iniciativas del sector privado, del público o de la cooperación de ambos. EHN reunía las condiciones para ello. Por un lado, podía haber sido el núcleo de un grupo industrial potente con centro en Navarra (toma de decisiones, I+D); por otro, constituir el motor del desarrollo tecnológico en un campo tan sensible y con tantas posibilidades de futuro como el de las energías alternativas. A pesar del compromiso de Acciona de mantener la sede social de EHN en Navarra, las decisiones de mayor trascendencia ya no se toman aquí y, en cualquier caso, se está al albur de la conveniencia de una empresa cuyo grado de compromiso puede variar por circunstancias que quedan fuera del control del Gobierno de Navarra. Cuando tantos gobiernos desearían tener una herramienta como EHN para incidir en el desarrollo económico y tecnológico, en Navarra se desperdició con razones, las oficiales, de escaso fuste, y mostrando, una vez más, la considerable —y sospechosa— miopía que parece afectar irremisiblemente a la derecha gobernante navarra cuando se trata de tomar decisiones en las que hay beneficios que asignar. La misma diligencia —y opacidad— con que el sector público foral se desembarazó de EHN se puso luego, por ejemplo, en la «nacionalización» del circuito de Los Arcos. No creo exagerado afirmar que la venta de EHN es el mayor error de política industrial que se ha cometido en Navarra en muchos años. Que además se hayan amparado pelotazos y se decidiera invertir, por razones oscuras (las oficiales no son creíbles) y quizá inconfesables, en Iberdrola, muestra claramente el tránsito desde el uso productivo de los recursos públicos al meramente especulativo y la visión caciquil y cortijera que de Navarra tiene UPN.
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07 marzo 2010
El dilema de Neoptólemo con Filoctetes y Nafarroa Bai
Ocurre a menudo que el razonamiento lógico y abstracto a que nos ha habituado la modernidad resulta incompleto o defectuoso a la hora de analizar cuestiones de calado social. Frente a ello, el lenguaje del arte, y singularmente el de la tragedia clásica, permite a veces tratar dichas cuestiones con mucha mayor lucidez. Y entre las tragedias, hay una particularmente oportuna para diseccionar el momento político actual de Navarra y el de Nafarroa Bai. Se trata de Filoctetes de Sófocles. Filoctetes es un guerrero abandonado por sus conmilitones, por mano de Ulises, en la isla de Lemnos, tras haber sido mordido por una serpiente, debido al hedor de la herida y a los alaridos del herido.
Pero Filoctetes es propietario del arco de Hércules (Heracles), que resulta esencial para ganar la interminable guerra de Troya. Así que Ulises vuelve a Lemnos, acompañado del joven Neoptólemo, hijo de Aquiles, con el fin de arrebatarle el arco, algo que no puede lograrse por la fuerza, sino mediante la persuasión. Aquí es donde se plantea el dilema ético que recorre toda la obra. Ulises acude a Lemnos dispuesto a utilizar cualquier ardid para engañar a Filoctetes. De lo que se trata, explica Ulises a Neoptólemo, es de ganar: «ya que dulce cosa es alcanzar la victoria, atrévete a ello; que en adelante ya procuraremos ser sinceros». Puesto que no sería conveniente que Filoctetes viera a Ulises, éste utiliza a Neoptólemo, le manipula, para conseguir sus fines. Neoptólemo se pliega inicialmente a los designios de Ulises, pero, cuando ya ha conseguido con engaños el arco de Hércules, se arrepiente, cuenta la verdad a Filoctetes y trata de persuadirlo honestamente de la necesidad, no ya de que ceda el arma, sino de que acuda él mismo a Troya.
Ulises representa aquí al político consumado, maquinador y manipulador, que no se para en barras ante la razón de Estado. El primer Neoptólemo cede, aun bajo el ropaje del altruismo y los grandes principios —enunciados como la lección que un niño aprende de carretilla pero no entiende: «prefiero, rey, fracasar obrando rectamente que vencer con malas artes»— a las pretensiones de Ulises. El segundo Neoptólemo (a lo largo de la obra evoluciona y madura), se rebela y antepone los principios, ya bien entendidos y asumidos, al puro pragmatismo (sólo así se tomará finalmente Troya).
Ulises manipula y utiliza a los demás como medios para obtener un fin, la ética sucumbe al pragmatismo: su interrogante es ¿qué funcionará?, no ¿qué es correcto? Esa forma de razonar caracteriza precisamente el regionalismo en el poder (el feroz pragmatismo de la derecha se ve agudizado por el hecho no banal de ser, a su vez, el instrumento del poder económico). La praxis del sedicente socialismo navarro estaría a medio camino entre ese pragmatismo y la ingenuidad del primer Neoptólemo, que depone inmediatamente un idealismo de boquilla (aunque sea a título de mera pantalla) ante la exhibición de la razón de Estado (en el mejor de los casos) o de la descarnada conveniencia crematística.
Llegamos así, de la mano de Sófocles, a Nafarroa Bai. El incesante goteo de noticias, comentarios y declaraciones invitan a reflexionar sobre lo que se pretende y cómo se pretende alcanzarlo, pero también sobre lo hecho hasta el presente y, concretamente, el balance de la presente legislatura foral. La situación actual es resultado, seguramente, de una forma de funcionar que, a tenor de la información que se transmite, estaba viciada de origen y ha impedido la elaboración de un discurso ideológico solvente y consistente, lo que dificulta la articulación de una comunidad estable, por ser aquél condición necesaria (aunque no suficiente) de ésta. Dice J.B. White, en su excelente ensayo sobre Filoctetes, que «así como nuestros deseos, nuestro sentido de nosotros mismos, son percibidos como algo que funciona como conjunto, así también confluimos, momentánea o duraderamente, construyendo un mundo común definido por un acervo común de roles y actividades inteligibles; o, en la medida en que nos sentimos contrarios, nos dividimos en unidades o grupos separados, quizá hostiles. Una comunidad puede ser momentánea, asentada en una suerte de trasfondo común (o incluso de engaño) que rápidamente se pierde o es refutado; o puede ser estable y duradera».
Nafarroa Bai se encuentra en este momento en la encrucijada, entre el interrogante práctico y el ético, entre el continente y el contenido. Se impone una reflexión en profundidad, sin apriorismos, a calzón quitado, sobre el modelo que se quiere adoptar. Una posibilidad es replicar lo ya existente en el panorama político navarro (el régimen de UPSN), optando por el mensaje sin contenido y el puro pragmatismo de la explotación de la ley electoral y de la (inane) supervivencia política. A Ulises sólo le preocupa cómo puede conseguir el arco y por eso desemboca de forma natural en un razonamiento en términos de lo probable o lo improbable, lo posible o lo imposible. Neoptólemo, tras el tropiezo inicial, pasa a considerar a Filoctetes (alegoría, en nuestra interpretación, de la sociedad navarra) no como un medio sino como un fin en sí mismo, lo que posibilita un diálogo constructivo y mutuamente enriquecedor. Los integrantes de Nafarroa Bai, por las peculiares condiciones del nacimiento de la coalición y las circunstancias de su corta existencia, están obligados a ser innovadores también en este campo, romper con los esquemas caducos del oportunismo político y de la mera recolección de votos y conectar con esa base social que tan fiel le está siendo (pero que, no se olvide, no otorga cheques en blanco), también mediante la configuración de un proyecto político con contenido. Lo que llevó a la coalición a su actual posición privilegiada es la voluntad de cambio de buena parte de la sociedad navarra y su conexión con los sectores más jóvenes del electorado y con sensibilidades más plurales, complejas y enraizadas en el tejido social que la tradicional lucha de clases. Se trata de un conglomerado poco estructurado al modo convencional, pero que se sitúa fundamentalmente en el ámbito de la izquierda.
¿Es posible, con la experiencia acumulada y los mimbres actuales, dar adecuada respuesta al desafío? Esa parece ser la madre del cordero en la actual coyuntura. ¿Hay tejido y elementos suficientes para generar un proyecto (entiéndase, no una colección de ambigüedades difícilmente trasladables al día a día y que explican en parte la dificultad de tomar decisiones en los últimos tiempos)? Si lo hay, adelante. Si no lo hay ¿es éticamente admisible continuar con el proyecto a cualquier precio aunque no haya nada que ofrecer? ¿no significaría eso traicionar los mismos fundamentos de la coalición? «Todo produce repugnancia cuando uno abandona su propia naturaleza y hace lo que no es propio de él», dice Neoptólemo ¿No sería preferible, así las cosas, buscar otra manera de articular un proyecto alternativo, con contenido y que constituya realmente la opción para el cambio político en Navarra? Cualquier proyecto viable, tenga finalmente la forma que tenga, debe pasar, eso sí, por la que yo diría que es la gran asignatura pendiente de Nafarroa Bai, la construcción de una comunidad con significados compartidos y elaborados de forma cooperativa.
Todos los caminos están abiertos. Nafarroa Bai suscribió un contrato con la ciudadanía y, sólo podrá ser fiel a él actuando con rigor ético. Parafraseando a White, Nafarroa Bai ha tenido un éxito persuasivo. Se trata de no dilapidarlo y arrojarlo por los albañales del fracaso ético. Tampoco hay que perder de vista que Nafarroa Bai es una tarea colectiva y que, por tanto, para alcanzar los propios fines, los de cada integrante, es necesaria la cooperación de otros, por lo que no queda más remedio, si se quiere tener éxito, que reconocer su libertad y su autonomía, lo que implica, como dice White, «dejar espacio para que el ejercicio de esa libertad y esa autonomía se desenvuelva en términos que uno no desea». Así las cosas, lo de menos es si se mantendrá o no una denominación o la foto fija de su constitución.
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27 febrero 2010
Crisis, reformas previstas y reformas escamoteadas
La crisis económica suele asociarse con calificativos que, por manidos, terminan por perder su significado original para convertirse en una coartada, mera excusa de cuanto ocurre. Así, se dice, con razón, que la crisis es global. Pero a estas alturas parece una coletilla dirigida a eludir responsabilidades o disimular la propia inacción o incapacidad. Las causas concretas de la crisis son bien conocidas: las de la internacional y la propia, que aunque se solapen y aquélla alimente ésta, no son plenamente coincidentes. Es igualmente cierto que en el origen de la crisis no sólo hay variables incontrolables y elementos fortuitos, sino políticas discrecionales y decisiones deliberadas. El corto plazo y la ganancia fácil han constituido durante demasiado tiempo guía de la toma de decisiones, por encima de lo que dictaba la razón y una noción elemental del buen gobierno.
También se repite que la crisis es estructural y, nuevamente, con razón. El modelo de crecimiento (habrá quien lo llame desarrollo) es socialmente injusto, financieramente salvaje, ambientalmente insostenible y depredador, por lo que se enfrenta a límites físicos, recurrentes catástrofes financieras y dilapidación de capital humano. A todo ello se añade, en el caso español, una burbuja inmobiliaria y una elefantiasis del sector de la construcción que hacía que el entramado que ha sostenido la apariencia de prosperidad de la última fase expansiva fuera particularmente débil y enfermizo, a pesar de las bravatas sobre la economía de champions league y otras aún más ridículas.
Y así llegamos a la situación actual, con una economía postrada y gravemente enferma; el desempleo desbocado y sin expectativas de reducción a medio plazo; un sistema fiscal debilitado por el fraude y sucesivas reformas (¿recuerdan aquello de que bajar impuestos es de izquierdas?) y no sólo por la crisis; un déficit público, en fin, que habrá que financiar y que, en parte, se debe a las ayudas concedidas a un sistema financiero al que le ha faltado tiempo para aplicar su lógica implacable y agravar, por un puñado de euros en comisiones, los males de la economía (que es lo mismo que decir los males de todos, en beneficio de unos pocos).
Frente a todo ello, ¿qué se está haciendo? Bien poco, apenas unas medidas de parcheo y nada de esas reformas estructurales que se debían haber emprendido cuando las cosas iban bien pero que ahora son aún más urgentes. La prioridad del momento parece ser recuperar indicadores positivos, que no equivale estrictamente a volver a la situación de partida, porque algunos pelos habrán quedado en la gatera. Hoy por hoy, las únicas propuestas de calado que hay sobre la mesa son la reforma laboral y la del sistema de pensiones. El asunto tiene mucha más enjundia de la que parece. Primero porque, en un hábil retruécano, se reduce el problema económico del país a un problema eminentemente social, cuya solución pasaría por empeorar la situación de colectivos estructuralmente débiles. Y segundo, porque revela con aterradora claridad el gran fracaso de la socialdemocracia. El estallido de la crisis encuentra a la izquierda sin un discurso ideológico propio, en gran medida porque (por diversas razones que sería largo examinar) el discurso progresista ha estado monopolizado por una socialdemocracia cuyo objeto no ha sido cambiar el sistema, sino meramente gestionarlo. Se acepta, seguramente con buena intención, la lógica del sistema, liberal en sus fundamentos, intentando minimizar o corregir los efectos socialmente más duros. Pero esa es una estrategia siempre perdedora, como muestra la historia reciente. Es cierto que en el caso español lo más parecido a un Estado de bienestar, famélico y endeble por lo demás, fue obra de los primeros tiempos del socialismo en el poder. Pero desde entonces todo ha sido recortar. Y lo que es más importante, las crisis se saldan, no tanto con recortes del gasto, que también, sino de derechos sociales.
Los gobiernos socialdemócratas son así rehenes de la lógica perversa del mercado: o mercado o catástrofe, ignorando deliberadamente que cuando se deja al mercado solo el resultado más probable es la catástrofe. Se entiende que a la derecha económica le guste tanto ese discurso. Es el suyo, el de la propiedad, el de los rendimientos del capital, el de la voracidad del beneficio irrestricto; pero también porque, en presencia de dificultades, no suele haber coincidencia entre quienes ocasionan los desaguisados y quienes pagan los platos rotos (y entonces no se hacen ascos a la intervención pública). No hay que ir muy lejos para comprobarlo. El simple hecho de que para el Banco de España, el Gobierno y los agentes financieros, la solución a los problemas económicos de España dependan del mercado de trabajo y las pensiones es buena muestra de ello. Que el razonamiento sea pueril no significa que sea inocuo. Aceptar la lógica liberal del mercado significa aceptar que la salida a la crisis debe pasar por eliminar trabas al libre funcionamiento de los mercados, es decir, menos impuestos al capital y a los beneficios y flexibilización de todos los mercados, incluido el de trabajo (que es considerado, en ese esquema de razonamiento, una mercancía más). No deja de ser un juego en el que unos pocos son seguros ganadores y al resto se les vende la esperanza (humo al fin) de que no se sabe bien por qué singular mecanismo (la celebrada mano invisible) también les llegará algo. Venía a decir Stiglitz no hace mucho que a lo mejor el problema de la mano invisible es que no existe: a ver si la economía va a estar edificada sobre una metáfora tan simplona como el cuento de los Reyes Magos y nadie termina de enterarse que son los padres. Ciertamente, se intenta salvar los muebles con algunas medidas sociales paliativas que mantienen la apariencia de Estado de bienestar. Pero incluso cabe albergar serias dudas de que esas medidas sean sostenibles a largo plazo, dado el debilitamiento fiscal del sector público: el marasmo de la recaudación del Estado en 2009 es buena prueba de ello.
Otro aspecto no menor del problema es que se pretende que las medidas propuestas son las únicas posibles, lo que exigiría su aceptación resignada por los agentes sociales y justificaría un gran pacto de Estado para respaldarlas. El propio Jefe del Estado interviene en ese mismo sentido: curioso concepto el suyo de verbos como arbitrar o moderar. Se escamotea así cualquier debate en profundidad sobre modelos económicos y de sociedad, porque se niega la mayor, esto es, la posibilidad de otro modelo: cualquier cambio ha de hacerse, necesariamente, dentro del marco del sistema actual. Al mismo tiempo, el esbozo, todavía de trazo grueso, que se va adivinando, no invita al optimismo: un Estado débil e incapacitado para responder a los cambios de coyuntura; un mercado de trabajo convertido en una jungla; una inserción en la división internacional del trabajo muy desfavorable, por estar basada en actividades de escaso valor añadido o de mera fabricación y en la competencia en costes; el empecinamiento en un crecimiento imposible y absurdo porque no puede asegurar simultáneamente recursos y demanda. El esquema que se pretende reproducir incesantemente sólo funciona si son unos pocos los que crecen, pero la situación es ya otra y entre 1980 y 2005 la mano de obra se ha cuadruplicado en el mundo.
De las decisiones que se tomen ahora puede depender que las generaciones futuras lleguen a tener una vida digna o se enfrenten a una expectativa laboral de veinte o veinticinco años de explotación intensiva y se vean condenados después a sobrevivir precariamente en espera de una jubilación sin contenido. ¿Catastrofismo, pesimismo? Ojalá. Pero algo así se vislumbra ya y no sólo entre personas sin cualificación. La propia clase media, que hasta ahora se creía al margen de estos riesgos, debería pararse a reflexionar antes de aplaudir con el entusiasmo habitual y sancionar con los votos cualquier reducción de impuestos. Pensando en sus hijos seguramente no le iría mal un paseo por la izquierda.
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02 febrero 2010
Navarra y su Universidad: ¿para quién gobierna UPN?
Que a UPN no le gusta la Universidad Pública de Navarra (UPNA) es un hecho ampliamente demostrado por la tozudez empírica de una actuación gubernamental que pasó primero por intentar hacer de ella un aborto alicorto, luego por ignorarla, como si fuera un absceso en el trasero de la culta y civilizada derecha navarra; y, finalmente, por pretender estrangularla financieramente, mermando poco a poco sus posibilidades de supervivencia. Este proceso se ha vuelto más descarnado con la llegada de Alberto Catalán a la consejería del ramo. Seguramente en ningún momento de la historia reciente de la Navarra cispirenaica hemos contemplado una gestión tan sectaria de la educación: a lo ocurrido con la UPNA hay que añadir la degradación de toda la enseñanza pública o el tratamiento al euskera, con la excusa de una crisis que, sin embargo, no ha estorbado el incremento de partidas presupuestarias muy sesgadas económica o ideológicamente.
Asistimos en los últimos meses a un acoso contumaz y sistemático, quizá buscando el derribo de una institución de calidad acreditada y demostrable (más allá de rankings mercenarios y tópicos al uso) en su doble vertiente docente e investigadora. A la asfixia económica (a duras penas ha conseguido la Universidad mantener su presupuesto del año pasado que, recordemos, ya sufrió una merma del 15% respecto a 2008), hay que añadir las mil triquiñuelas de todo tipo, incluyendo maliciosas insinuaciones ante la opinión pública. Así ocurrió con la aprobación del capítulo de gastos de personal, con la excusa de carencias de información y deslizando de forma apenas velada la idea de que se derrocha dinero con las nóminas. Las explicaciones dadas, tanto por el lehendakari Sanz como por el consejero, fueron confusas y contradictorias, para concluir que todo estaba bien (¿hay alguna institución en Navarra más controlada?) y dejando la sensación de que se trataba únicamente de incordiar y hacer daño a la institución.
En los intentos posteriores de justificar el proceder gubernamental se deslizan, entre obviedades y palabras huecas, algunos comentarios significativos. Así, el 14 de enero, el secretario general de UPN, García Adanero, manifestó que el «objetivo prioritario de UPN es que la aplicación de los fondos que se destinan a financiar a la Universidad Pública de Navarra sea la más adecuada posible». Nada que objetar, con la reserva de lo que entiendan por «adecuado». En un ejercicio de cinismo habitual en UPN en cuanto se refiere a la UPNA y que incluye manipulación de datos, cuando no mentiras descaradas, añadía que «una vez más vuelve a constatarse el respaldo y el apoyo del Gobierno de Navarra y de UPN a la financiación y desarrollo de la UPNA». La perla viene ahora: señaló García Adanero que «poner de manifiesto la necesidad de mejorar la gestión de la universidad no es en ningún caso una posición partidista, ni significa ir en contra de la UPNA, sino que lo que se pretende es que el empleo de los fondos públicos sea el mejor posible, adecuando los recursos a los objetivos pretendidos». Obras son amores. Puesto que conocemos sus preferencias en cuanto a los recursos, quizá podamos elucubrar sobre los objetivos que sean congruentes con aquéllas. Porque, ¿qué objetivos pueden ser compatibles con la reducción de tales recursos? Desde luego, tener una enseñanza superior pública de calidad o alcanzar esa supuesta modernización y cambio de modelo económico de los que tanto se habla, no.
Pero la derecha política navarra tiene un sesgo aldeano y casposo que aflora inevitablemente e impregna todo lo que emprende, sea cual sea el grado de sutileza (que ya es suponer) con que hubiera sido diseñado. Y así ha sido una vez más. Todo empezó como una insidiosa campaña para sembrar dudas y extender sospechas en torno a la UPNA. Se empieza apelando a la búsqueda de financiación externa; se repite hasta la saciedad que es la universidad mejor financiada; se deja entrever que se hace trampa con los presupuestos y que se remunera indebidamente a los profesores (las remuneraciones del personal son transparentes: ¿hay alguna manera de saber lo que perciben a cuenta de sus cargos Barcina o Sanz, por ejemplo? Tras mirar con lupa los gastos de personal, ¿no se les cayó la cara de vergüenza ante tanto mileurismo investigador frente al flagrante y endémico tresmileurismo digital de sus chiringuitos?). Pero, diríase una maldición, todo fue derivando hacia un sainete de la peor estofa, con la participación estelar del zarzuelero Sergio Sayas, inasequible al desaliento y al ridículo (parece empeñado en hacernos olvidar por elevación su actuación de la noche electoral).
Así llegamos a los supuestos informes policiales sobre vandalismo en la UPNA. Parecería, por lo que dicen, que el campus lo es, pero de entrenamiento de terroristas. Después de muchos dimes y diretes, idas y venidas, ratificaciones y aseveraciones, pero también de desmentidos sonrojantes de la Delegación del Gobierno y cuerpos y sindicatos policiales, resulta que los supuestos informes no son más que partes de incidencias rellenados por vigilantes de seguridad, en los que se da buena cuenta de fumaderos ilícitos en los lavabos, pintadas con tiza, colocación de carteles y hasta pequeños fuegos provocados por paseantes descuidados, junto a algunos actos, excepcionales, que, ciertamente, caben en la acepción de vandálicos y que, por lo mismo, son inadmisibles. Gallardamente fieles a la estrategia de sostenella e no enmendalla (qué esperar de quienes convierten la tozudez y la garrulería en rasgos idiosincrásicos a fomentar y de los que alardear y enorgullecerse), la calidad de la argumentación se va degradando y se pasa del argumento de autoridad que proporcionaría un informe policial al «con informe o sin él, todos sabemos lo que pasa en la UPNA». Pues bien, no lo sabe buena parte del personal que asiste con estupor a la polémica. No lo saben, al parecer, muchos estudiantes, cuando el propio Grupo Universitario reconoce que el ambiente es muy bueno y que la excepción está, precisamente, en unos incidentes que se quieren presentar como habituales. No lo sabe la misma Policía (ni siquiera la de Santamaría). Pero lo saben Sayas, Sanz o Barcina. Esperemos que no se empeñen en que la Policía Foral envíe un informe a la Audiencia Nacional o terminará procesada la Comunidad Universitaria en pleno (salvo, al decir de Barcina, las gentes de bien, esto es, las personas dispuestas a avalar sus astracanadas: el resto, como ya se sabe, son maleantes).
A UPN, decía, nunca le ha gustado la UPNA. En general, todo lo público le produce sarpullidos y parece concebir el presupuesto únicamente como un instrumento para alimentar la red clientelar que, con la complicidad y anuencia del PSN, le permite mantenerse en el poder. Pero la actual campaña va demasiado lejos para lo que la inteligencia política puede admitir. Mucho más lejos, desde luego, que un mero favor al maltrecho PSN (por otra parte de fácil conformar) para que pueda mejorar su imagen manipulando groseramente cuanto afecta a la UPNA. Por un lado, se da un toque de atención a la propia universidad para refrenar sus veleidades de servicio a la sociedad (¿aumentar el número de titulaciones? ¿y por qué no reducirlas?). Por otro, se envía un mensaje nada sutil a la sociedad: la UPNA es un nido de vándalos donde los vástagos de la «gente de bien» corren serio riesgo.
Tras la polémica vergonzosamente zanjada sobre los estudios de Medicina, con fundadas sospechas sobre quién va a gestionar el (público) centro de investigación biomédica (lo que implica dejar un campo tan sensible para el futuro de Navarra al albur de las obsesiones dogmáticas de algunos), en un contexto de cambio del mapa y la estructura de las titulaciones universitarias, a la vista del momento del año elegido (prematriculas, matrículas y otras zarandajas), quizá habría que preguntarse, como en las más simplonas novelas policíacas, a quién beneficia todo esto. O, si se quiere, ¿para quién gobierna UPN? Quizá el autor del desaguisado sea el mayordomo, pero no deja de ser un fiel servidor. Dios, que buen vassalo si ouiesse buen sennor!
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11 diciembre 2009
Sanz y la eurorregión: aislarse de Europa para aislarse de «los vascos»
La globalización es un artilugio del que todo el mundo habla, pero que raramente se entra a definir y acotar. De manera que es habitual utilizar el mismo término para referirse a realidades diferentes, lo que es causa de malentendidos y hasta desencuentros. Yo diría que el problema no está tanto en el proceso en sí, como en su gestión, caracterizada por la ausencia de normas, tras la ofensiva liberal de los ochenta. Ya nos vamos enterando de a qué conduce el mercado cuando se confía ciegamente en él o se le encomiendan funciones que es incapaz de realizar.
La globalización ha venido siendo las dos últimas décadas el pretexto más socorrido —por todos los gobiernos, pero singularmente por los conservadores—para justificar amputaciones del Estado del Bienestar y recortes de derechos o prestaciones. También ha servido como excusa para, por ejemplo, flexibilizar el mercado de trabajo hasta convertirlo en una jungla de explotación inclemente o reducir la fiscalidad a —qué sorpresa— las rentas más altas y las procedentes del capital. La dichosa globalización deviene, pues, en el talismán que todo lo puede o la coartada que todo lo justifica. Pero, curiosamente, hay límites para el fetiche. Al menos, cuando conviene al poder. Un ejemplo flagrante y sangrante es el de la migración. Ahí no hay globalización que valga y, mientras se eliminan barreras económicas o se crean zonas de libre comercio, se levantan muros (no sólo legales, también físicos) a las personas. El caso de Estados Unidos con México es un ejemplo. El de España con Marruecos, otro. El lehendakari Sanz nos ha obsequiado recientemente con otro más, relacionado con la eurorregión Aquitania-Euskadi-Navarra.
Desde los mismos albores de las sociedades organizadas, una de sus características más conspicuas es la tendencia a la aglomeración, tanto de la población como de la actividad económica. Surgen así las ciudades, que se van articulando en redes jerárquicas, según su tamaño y la importancia de las funciones que en ellas se desarrollan. La globalización exacerba el proceso y la inserción de un territorio depende de sus características concretas y de su situación en relación con los ejes de comunicaciones, que vertebran el territorio global. Uno de los resultados de esa evolución —a menudo olvidado por los diseñadores de políticas económicas— es que las actividades susceptibles de desarrollarse en una zona concreta dependen de la ubicación de ésta en la jerarquía. Las ciudades desempeñan en este contexto un papel fundamental, puesto que son el medio de conexión de su entorno con el resto del mundo. Lo local pasa a relacionarse directamente con lo global, al tiempo que el ámbito estatal pierde importancia en lo económico y se configura de forma creciente como un ámbito meramente político.
Pues bien, en Europa existe una área, denominada el Pentágono y delimitada aproximadamente por Londres, París, Hamburgo, Fráncfort y Milán, donde se concentran los principales centros de decisión económica, tecnológica y, también, política del continente, constituyendo, por tanto, uno de los núcleos de poder mundiales. El resto de Europa define su situación actual y, sobre todo, sus expectativas, según su grado de perifericidad (discúlpese el palabro) respecto de esta área. Perifericidad que sólo parcialmente está relacionada con la distancia y que tiene que ver con la capacidad tecnológica, el sistema educativo, la calidad de las infraestructuras económicas y sociales o los flujos económicos. Ese núcleo central cuenta con un enorme atractivo para las actividades más avanzadas, que sólo en fases posteriores se irán difundiendo, en un proceso muy selectivo, hacia otras áreas o regiones. Para compensar esas tendencias centrípetas son necesarios núcleos de entidad suficiente que se conviertan, a su vez, en centros de generación o atracción de actividades avanzadas. Una Europa policéntrica es imprescindible para asegurar ese desarrollo armónico que se proclama como objetivo del proceso de unión europea desde sus mismos inicios.
Así llegamos a Navarra, una región semiperiférica que ha tenido un buen comportamiento los últimos veinte años y cuenta con algunos elementos favorables, pero cuya dimensión la relega a un puesto muy secundario en la jerarquía europea. Se suele apelar con cierta frecuencia (en una muestra más de ese chauvinismo autocomplaciente que tanto abunda) a la privilegiada posición geográfica de Navarra. Pero la propia Estrategia Territorial de Navarra (ETN) es consciente de la debilidad de tal posición y de la necesidad de conectar el territorio navarro con los principales ejes de comunicaciones. Además, reconoce, en su diagnóstico, la existencia de un núcleo de cierta relevancia, articulado en torno al eje formado por Bilbao y la eurociudad San Sebastián-Bayona, en el que podría integrarse Pamplona (y, por tanto, Navarra); núcleo bien conectado con el eje Burdeos-Toulouse y con el propio Pentágono. Frente a eso, constata la falta de continuidad en el resto de las fronteras navarras, hacia Soria y Aragón. Francia ha dejado bien claro una y otra vez, además, que la vía de paso occidental, tanto por carretera como por ferrocarril, desde la Península Ibérica, es Irún. A ello hay que añadir la intensidad de los flujos (de todo tipo, pero también económicos) entre Navarra y la Comunidad Autónoma Vasca. Todo apunta al interés estratégico para Navarra de tener presencia institucional —y, por tanto, intervenir activamente— en la configuración de ese espacio.
Frente a esa realidad, se impone un dogmatismo político de campanario con pretensiones seguramente de uniformización ideológica y, por tanto, de perpetuación de un sistema de apropiación y control del entramado institucional navarro, renunciándose quizá a buena parte de las posibilidades de futuro de Navarra o empeorando las expectativas, cuando son ya demasiados los signos de agotamiento del modelo económico de Navarra, basado en la atracción de capitales foráneos, mientras no se vislumbra un recambio y la actuación pública va dando palos de ciego. Toda economía está de alguna forma integrada en otras de nivel superior (salvo las áreas marginales, y ello constituye para ellas un grave problema). Le guste o no le guste a Miguel Sanz, será muy difícil cambiar una tendencia con cimientos demasiados profundos. Lo relevante es si se quiere estar ahí decidiendo o como invitado de piedra, asumiendo las consecuencias de decisiones adoptadas por otros y según su conveniencia.
No es muy alentador el balance de Sanz ahora que se respira el aire enrarecido y pasota de los finales de reinado: desnaturalización de la autonomía y capacidad de decisión de Navarra; deterioro visible del sistema de prestaciones sociales y de su calidad; utilización del presupuesto público con fines clientelares y tics cortijeros en la administración de la cosa pública foral; y, ahora, supeditación de los intereses económicos y sociales de Navarra a sus propias fobias políticas, culturales y personales. Miguel Sanz ha encarnado mejor que nadie el espíritu que impregna la famosa frase: si se hunde el mundo que se hunda, Navarra siempre p’alante. El problema es que el mundo no se hunde y Navarra recula.
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23 octubre 2009
Educación, ¿para qué? ¡Que piensen otros!
Uno de los tópicos más socorridos por políticos, planificadores y analistas es el de la importancia de la educación y la investigación. No hay plan, propuesta, acuerdo o negocio político que se precie que no contenga el consabido panegírico de tales categorías. Otra cosa es la práctica. Diríase que hemos llegado a un punto en que lo que cuenta es generar un titular o un discurso de veinte segundos, sin que importe lo que venga detrás, su contenido real y su efectiva plasmación práctica. Quizá es que hemos pasado ya de la democracia de audiencias a una democracia (o lo que sea) de titulares o de propósitos, en la que sólo importa su mera enunciación.
Con la crisis económica las apelaciones a la importancia de la educación y la innovación se intensifican, y con fundamento. Está claro que la crisis tiene causas estructurales cuya superación cuenta ahí con dos de sus pilares básicos. Así, en uno de esos golpes de efecto que constituyen la seña de identidad de su gobernar sincopado, el voluble e ineficaz Zapatero anunció una ley de economía sostenible que iba a ser, cómo no, la base para un cambio de modelo económico. Como si eso fuera tan fácil y dependiera únicamente de una volición normativa. Y reconociendo, de hecho, que de poco han servido sus años de gobierno para avanzar en esa dirección, cuando pretende hacerlo tarde y mal. Pero al descender al prosaico y árido nivel de los hechos, de los números, el panorama es otro. Así, se pretende nada menos que reformar el sistema universitario por completo, sin poner un euro; y se reduce drásticamente el presupuesto dedicado a I+D (sin olvidar que una parte de su contenido consiste en gasto militar cuyos beneficios, para colmo, se cosechan, en algunos casos, allende las fronteras).
En Navarra ocurre otro tanto, agravado por ese empecinamiento, ya idiosincrásico, contra cualquier forma de ilustración que parece caracterizar la gestión de la cosa pública foral, al que se une, en el actual contexto de crisis, la desidia, el desconcierto y la negligencia, quizá por efecto de una cada vez menos disimulable estulticia. Así, en 2009 la partida de educación se congeló (aunque con tratamiento diverso para la enseñanza pública y la concertada). Dentro de ella, la de la Universidad Pública se redujo un 15%. Mientras tanto, el presupuesto de obras públicas se incrementó en torno a un 20% (el de cultura menguó en un 20%, aunque teniendo en cuenta cómo lo administra su titular —saqueos arqueológicos y viajes en helicóptero— igual hasta es una medida de buen gobierno).
No es propio de una sociedad avanzada, en época de retroceso económico, fiarlo todo a la obra pública. Más bien suena a reyno bananero o a improvisación cortijera. Y, además, sin explicaciones convincentes. Por ejemplo, estaría bien conocer la razón última del enorme dispendio del Reyno de Navarra Arena (con perdón). Porque es una obra innecesaria y de dudosa rentabilidad social. ¿Qué parte del gasto a realizar se queda o revierte en Navarra? ¿Y de qué manera? ¿Alguien se ha puesto a calcular cuántos años podría funcionar una Facultad pública de Medicina con el coste de esa obra? (es lo que la teoría económica denomina coste de oportunidad).
Para 2010 se anuncia una nueva vuelta de tuerca. El lehendakari Sanz ya dio un aviso en la apertura de curso de la UPNA: del Gobierno no hay que esperar nada. Si la Universidad necesita dinero, que lo busque en otro sitio. Tanta rotundidad no debe sorprender en alguien que considera que la UPNA no es su Universidad. Pero es la de la sociedad navarra, aunque le pese a Sanz. Esa exigencia revela, además, su ignorancia. Porque el contexto jurídico en que se desenvuelve la actividad universitaria limita las posibilidades de acceso a la financiación externa y, con todo, la UPNA ocupa puestos destacados en lo que a captación de fondos se refiere (la ignorancia o el desconocimiento que el Gobierno de Navarra tiene de la Universidad se ha visto en las discusiones acerca del presupuesto y la pretensión gubernamental de que la Universidad se apropiara de los fondos de proyectos de investigación, que son de propiedad y uso exclusivo de los equipos de investigación, por más que se depositen en cuentas de la UPNA).
El Gobierno de Navarra ha anunciado su intención de mantener para el próximo año la misma asignación presupuestaria a la UPNA que en 2009. Lo que puede parecer una congelación es, en realidad, un nuevo golpe a la institución, puesto que supone de hecho una reducción de ocho millones de euros de remanentes utilizados en 2009 y que ya no están disponibles. Por tanto, el presupuesto se reduciría de hecho en torno a un 16%. Todo ello después de haber soportado estos años atrás recortes severos y haberse enfrentado a la imposición de una operación como la ampliación a Tudela, sin que su coste haya tenido el reflejo correspondiente en la aportación gubernamental. No deja de ser paradójico que mientras el alcalde de Tudela reclama nuevas titulaciones para el campus de esa ciudad, la UPNA quizá se vea pronto en el brete de cerrarlo a causa de la asfixia económica a que la ha llevado el partido del señor Casado. ¿Y si la Universidad, pongamos por caso, se viera obligada a cerrar sus instalaciones durante las vacaciones de Navidad para ahorrar calefacción? ¿A nadie se le caería la cara de vergüenza? ¿Cuándo se va a enterar más de uno de que una universidad es algo más que un colegio con mucho césped?
Decía un famoso profesor de la Universidad de Stanford que «una industria fuerte e independiente debe desarrollar sus propios recursos intelectuales en ciencia y tecnología. La actividad industrial que depende de capacidades importadas e ideas de segunda mano no puede esperar ser más que un vasallo que paga tributo a sus señores y está condenada permanentemente a una posición competitiva inferior». No hace mucho, Paul Krugman argumentaba que la posición de los Estados Unidos en el mundo ha tenido mucho que ver con la educación pública, mientras achacaba parte de los males que ahora aquejan al país a la restricción del gasto público, y singularmente el educativo, que se ha impuesto en los últimos treinta años. Según Krugman,«la educación hizo grande a Estados Unidos». Para el Gobierno de UPSN, parece ser que el retroceso educativo, científico y tecnológico de Navarra esconde, a juzgar por el empeño con que lo procuran, algún tipo de grandeza. Igual esperan que a ellos les vaya mejor. Pero ¿se merece la sociedad navarra —la de hoy y, lo que quizá sea más importante, la del futuro— que se maltrate a su Universidad de esta manera?
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30 agosto 2009
Canícula foral
Hay épocas del año particularmente propicias para perderse por andurriales en los que no es fácil acceder a la prensa habitual, especialmente la más cercana. La ausencia de información resultante tiene también sus ventajas. Además de ser un ejercicio higiénico, a la vuelta, al repasar la hemeroteca, se ven los acontecimientos con más desapego y dosis mayores de sorna y hasta escepticismo; también es más fácil extraer lo fundamental, así como apreciar con mayor nitidez las posiciones relativas de los distintos medios y su manera de informar, pero también de desinformar, manipular y hasta definir pautas, que de todo hay.
Dos circunstancias han marcado el verano y explican la deriva de los acontecimientos: en primer lugar, la crisis interna de UPN, que en parte es consecuencia de la traumática ruptura con el PP, pero que va más allá tras el dedazo de Sanz; en segundo lugar, una grave crisis económica a la que el Gobierno de Navarra no sabe cómo enfrentarse, porque carece de recursos, de ideas, de reflejos y hasta de entusiasmo. Esperando que las cosas se arreglen por sí solas (¿dónde están las promesas de pleno empleo de hace sólo unos meses?), Miranda y Sanz, perplejos y apesadumbrados, intentan capear el temporal sin una política económica digna de tal nombre, mientras el mundo se desmorona para muchos miles de personas, abocadas al desempleo y la frustración, sin que haya manera de saber cosas tan elementales como la evolución de la recaudación o el nivel de endeudamiento, uniéndose a la incapacidad la falta de respeto.
Como queda mal que este contexto presida el devenir informativo del verano —época en la que, además, escasean las noticias— se trataba de sacarse artefactos de la manga para entretener al personal y hacer olvidar los problemas propios —quizá más graves de lo que se pretende aparentar— o los que, siendo generales, se agravan por la propia incompetencia. El truco es antiguo: buscar un enemigo exterior o un mono de feria al que sacudir sin contemplaciones. Que elijan a Nafarroa Bai no es nuevo y hay muchas razones para ello. La principal, que es la única oposición real en Navarra. Aunque esta vez la campaña ha sido particularmente intensa y desabrida con andanadas inusitadamente virulentas (que ya es decir), en las que la escasa calidad de la munición se intentaba suplir incrementando los efectivos. Ellos sabrán a qué viene tanto nerviosismo.
La excusa ha sido el brutal retorno de ETA y los medios, qué raro, la condena del terrorismo y la obscena manipulación e instrumentalización de las víctimas. Y si no basta con UPN o el PSN para dirimir quién es demócrata o quién es terrorista, ya está la AVT decidiendo quién cumple la ley y quién no, o quién es cómplice de ETA. Habrá víctimas que, individualmente, se sentirán cómodas por esa instrumentalización que se hace (a través de partidos políticos y organizaciones) de ellas, allá cada cual con su ideología. Pero echándose como colectivo en brazos de la extrema derecha y atacando a quienes, siendo demócratas, están sin dudas, sin fisuras y sin nada que reprocharse, en contra de la violencia y así lo manifiestan, hacen un flaco favor a la ingente y necesaria tarea de lograr que toda la sociedad sienta las víctimas como propias. No ir del brazo de la AVT o no caer en las trampas saduceas de UPN no significa apoyar a ETA. Bailar el agua a UPN o ir del brazo de la AVT puede contribuir a empañar el respeto a las víctimas y someterlas a intereses espurios para conseguir fines igualmente bastardos. Porque no nos engañemos, en toda esta operación lo que menos importa es ETA o las víctimas. La prioridad no es otra que destruir a un adversario político que incomoda a todos.
La posición de Nafarroa Bai es irreprochable y éticamente mucho más próxima a lo que debe ser una condena que los textos propuestos por UPN. UPN (también el PSOE) ha apoyado en multitud de ocasiones textos distintos en foros distintos y nadie se rasga las vestiduras. Incluso ha votado textos que se exceden de las competencias del órgano en que se proponen o van contra la misma ley, como cuando se pretende decir a los jueces cómo han de juzgar y qué sentencias han de imponer, o fijar el régimen penitenciario de los condenados por terrorismo. La obligación de UPN, como partido mayoritario, es buscar el consenso. Lejos de eso, procura el disenso y cultiva el enfrentamiento para obtener réditos políticos. Así, los comunicados de condena se van volviendo más y más prolijos. ¿Alguien duda de que si se acepta lo que hoy se propone, mañana se tratará, pongamos, de la Virgen del Pilar y pasado mañana de la monarquía, de Santiago Matamoros o de cualquier otra cosa que a UPN le parezca inasumible por Nafarroa Bai?
El espectáculo dado en Berriozar (comunicado de la AVT incluido) va en la misma línea, con el concurso inestimable esta vez de algún paracaidista con ansias desmedidas de protagonismo que parece sufrir lo que podríamos denominar el síndrome del papable (consecuencia de entrar en el cónclave como papa y salir como cardenal). Berriozar no es sino un episodio más (al que seguirán otros en las próximas semanas) de una estrategia global de desestabilización de aquellos municipios gobernados por Nafarroa Bai, emprendida por UPN al día siguiente de las últimas elecciones municipales y a la que terminó por sumarse el PSN, con cierto retraso pero no con menos entusiasmo (meritoria tarea, ser el báculo de la derecha). Esa es la realidad, que ni tiene que ver con el terrorismo ni con las víctimas, que aparecen en el escenario sólo a causa de la impudicia y la falta de escrúpulos de algunos para servirse de ellas, organizando una demostración de fuerza a su costa que, para colmo, se saldó con un rotundo fracaso.
Mientras tanto, las tensiones internas de UPN revelan algunos detalles curiosos que hacen del partido una versión reducida, pero no menos áspera, del PP. Empecemos con Barcina. Ocurre a menudo que el autoritarismo se confunde con capacidad de liderazgo o de gestión. Pero tener mal carácter o no consentir la discrepancia no tiene nada que ver con la capacidad de gobierno, aunque fue considerado un mérito a la hora de ser digitalmente ungida por el Caudillo como nueva presidenta del partido. ¿Y qué ocurre cuando Barcina se enfrenta a un problema de enjundia en su propio equipo municipal? Nada. Se va de vacaciones, deja que el asunto se pudra y pospone la decisión todo lo posible. Ni más ni menos que la estrategia de Rajoy desde que está al frente del PP.
En cuanto a Sanz, pasado el momento solemne del relevo, parece llevar bastante mal lo de su jubilación. No se resiste a seguir ejerciendo como presidente del partido, impidiendo que hable precisamente quien tiene ahora esa responsabilidad o marcando pautas y estableciendo criterios. No parece atraerle el papel de reina madre que le correspondería en la nueva coyuntura (tampoco está mal que te vayan a tocar la gaita todos los días). Lleva el mismo camino que Aznar. Igual hasta tiene ya, también, su Murdoch foral para llenar sus ocios jubilares.
Barcina como Rajoy. Sanz como Aznar. Eso sí, todo acomodado a la idiosincrasia foral. Falta, para darle el picante que la situación demanda, nuestra Aguirre particular. En cualquier caso, el alboroto va apoderándose de UPN, incapaz de contener las tendencias centrífugas y la derecha navarra parece encaminarse al batiburrillo que fuera en otro tiempo (y que, en realidad, nunca ha dejado de ser): de momento ya hay tres siglas en la derecha navarra (cuatro, según se mire).
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